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Santiago Montobbio - Los soles por las noches esparcidos - Laurie-Anne Cathala
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 Article publié le 23 juin 2013.

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LECTOR IN POESE - La última obra de Santiago Montobbio, Los soles por las noches esparcidos, está formada por poemas escritos en el 2009 después de 20 años de silencio. Leemos así en esta obra el reencuentro de un poeta con su arte después de una larga experiencia de afonía. El papel se vuelve la escena en la cual la voz poética se reanuda con las palabras, con la inspiración. El autor pisa de nuevo tierras poéticas en barbecho.

Este silencio tan impactante, tan ensordecedor es a imagen de la poesía de Santiago Montobbio : intenso, total, violento. Parece ser la continuación lógica de una obra de juventud que se edificaba sobre una dualidad entre creación y destrucción. La escritura sufría un temblor interno vinculado con la ubicuidad del fracaso. El poeta, andando “por las cornisas de la locura”, acabó por caer en el abismo que había tejido, que había revelado. Tocamos entonces un aspecto fundamental de la poesía de Santiago Montobbio que se destaca por materializar, por hacer palpable la nada que esconde el simulacro de la existencia. Los poemas, ya llenos de silencios oprimentes, acaban absorbidos por un mutismo encarnado. Esta interpretación no es más que una lectura subjetiva por parte de una lectora de 20 años que vive esta pausa creativa como una ocasión para recuperar el aliento, para salir de las entrañas del mundo y del ser antes de hundirse de nuevo en este fondo de agua marina donde viven las verdades más crueles.

Esta referencia a la lectura nos permite evocar otra fuente de la ruptura en la creación : el contacto con la alteridad. Publicar un libro conduce inexorablemente a la confrontación con la mirada exterior. El lector, mirón indiscreto, penetra la intimidad de la voz poética que expone su conciencia herida, que se entrega totalmente. Los poemas, frutos sagrados, están pisoteados, alterados por la presencia impía. El poeta que concebía y que concibe la poesía como una experiencia de la soledad, experiencia íntima del ser, por y para el ser, vivida durante mucho tiempo en el secreto, se quedó mudo frente a la violación que representó la publicación.

Sin embargo, en el 2009, la inspiración asaltó de nuevo el alma del poeta con el fulgor y la radicalidad con las que ya se había manifestado. Hubiéramos podido pensar que el demiurgo impusiera más distancia con el acto de creación pero el poeta se deja sumergir enteramente en la arcilla de la conciencia, viviendo con sinceridad su vocación poética. Observamos, de manera general, una fuerte continuidad entre la obra de juventud y lo que podemos llamar la obra de madurez no sólo en el modo de escribir, de contestar a la llamada de la realidad sino también en los temas y en la estética. Los poemas de las dos épocas se entrecruzan y al mismo tiempo cada libro se caracteriza por su independencia y su identidad propia. Existe un verdadero diálogo entre las obras que están animadas por las mismas obsesiones, por imágenes recurrentes, mareantes. Las redundancias y los ecos crean una vitalidad sorprendente : las angustias, los símbolos reaparecen en la marejadilla poética pero siempre con nuevos matices. Por y dentro de la poesía, las obsesiones de la voz poética se construyen sin parar dando a luz a hallazgos inesperados. La fuerte relación entre las obras contribuye a crear cierta complicidad con el lector de siempre que descubrirá en poemas recientes la eclosión de brotes introducidos en obras anteriores. La connivencia interviene también cuando el lector debe reconstruir los hilos que la voz poética esboza entre dos poemas, en términos más técnicos se trata de discernir las correspondencias intratextuales. Esta participación activa en la recreación de la tela de araña poética fortalece la unión débil entre lector y artista.

La armonía que reina entre todas las obras de Santiago Montobbio nos anima a pensar de nuevo el valor del silencio de 20 años que finalmente no puede entenderse exactamente como ruptura. Sería más bien un momento de germinación latente. El lector como el creador están confrontados a un fenómeno misterioso que escapa al entendimiento y que revela, de hecho, la potencia de la poesía que se define por su misterio. Lo que vemos como una muerte simbólica del fervor creativo es en realidad un momento de creación en potencia. La poesía sigue su propio ritmo, su propia temporalidad o más particularmente se nota como una implosión de la temporalidad que va más allá de los límites del poema, implosión que se une a una desconstrucción espacial. El espacio nebuloso revelado por el poeta en su obra inunda la realidad de la creación escapando a la voluntad del artista que sigue el latido propio del arte que como una entidad viva, inspira profundamente antes de espirar violentamente.

La nueva obra de Santiago Montobbio se caracteriza por lo que unos llaman una “inspiración torrencial” pero a mí me gusta más la imagen del diluvio, casi bíblico, y a través del cual se libera, cito, “el agua callada y detenida” , acumulada durante los años de aparente inactividad.

El lector se encuentra entonces frente a un nuevo monumento artístico en el que tiene que abrirse un hueco sin que su presencia debilite los cimientos ni agriete o desgarre el tejido literario. Para eso, el lector tiene que penetrar en el libro siguiendo su respiración. Se trata de respetar un contrato tácito por el cual el lector tiene que aceptar modular sus sentidos, abrirse al nuevo mundo que se presenta, y convivir con la voz poética. En la poesía, el lector puede constituir una piedra del edificio, en unos casos puede incluso ser su piedra angular pero nunca formará su núcleo.

Por su intervención el lector despierta el texto, le da su movimiento pero tiene que cooperar y unirse al poeta para que el “bateau ivre” poético pueda existir. En la poesía de Santiago Montobbio, de ningún modo se debe intentar crear un ritmo regular, homogéneo. La melodía se encuentra al contrario en los choques, irritaciones, discordancias. El primer poema del libro empieza con el verbo “escribir” conjugado a la primera persona, es decir : “escribo”. Este “escribo” suena como un grito de existencia del poeta equivalente a un “vivo”, “existo”, “soy”. De ahí, empieza la ola rompiente poética en la que el lector está hundido in media res. Sólo puede dejarse llevar por el río verbal y verboso sin intentar moldear una materia que no domina.

Voy a leer el principio del poema titulado “UNA CIUDAD DEBAJO DE LA CUAL HAY OTRA CIUDAD” para tener una representación más tangible de esta dinámica :

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UNA CIUDAD DEBAJO DE LA CUAL HAY OTRA CIUDAD

exacta a ella pero con ligeras variantes :

si nos fijamos bien, las calles, las cosas y las gentes

están un poco más difuminadas. Debajo

de esa ciudad hay otra y otra y otra,

en una sucesión infernal y subterránea.

Conforme descendemos y cambiamos de ciudad,

calles, cosas y gentes se van afantasmando, como dije.

Las ciudades son una paulatina degradación,

todo en ellas va, según bajamos, degradándose.

En los últimos estratos de este túnel

hay ya sólo formas y sombras, muñones

en vez de hombres, bultos.”

 

Este poema da cuenta de una progresiva bajada asimilable a una catabasis. El poeta sigue el camino órfico y se dirige hacia las profundidades del mundo. Se mete en las zonas oscuras de la existencia revelando verdades terribles, absolutas. La voz poética apuñala las certidumbres del lector que pierde su serenidad. Las consideraciones transgresivas muestran un mundo donde perecen los esquemas tradicionales y maniqueos. Lo prosaico y lo divino, la vida y la muerte se mezclan ya que “los infiernos son los días” como lo leemos en uno de los poemas. El lector entra así en un universo donde pierde todas sus referencias, sólo le queda la voz poética, voz que se alza para guiar las sombras. La lectura se convierte en un acto de confianza total en la medida en que el lector evoluciona a ciegas en un formol grisáceo. La única luz, el único sol es entonces el poeta, faro que revela lo que esconden los pliegos del mundo. El poeta es también el que recibe y transcribe destellos fulgurantes de lucidez. Cada poema capta una inspiración evanescente. Los soles que aparecen en el título pueden corresponder a estas iluminaciones rápidas, como raptos que son comparables a las chispas del mechero produciendo una luz débil, efímera, peligrosa a imagen de la del viejo del poema 281. Esta luz limitada deja sin embargo percibir un pozo sin fondo. Leemos que “El arte es este absurdo con sentido” pero acabamos por pensar que la principal revelación de este libro es que el sentido se encuentra en lo absurdo, en lo vacío como únicos constituyentes de la realidad. La única certidumbre que le queda al lector es la incertidumbre.

 Se destaca así un fenómeno interesante que es la transmisión de las angustias de la voz poética al lector. En las palabras, el poeta dilata su conciencia atormentada, exhibe sus heridas en carne viva. No sólo se “toma el pulso a las miserias” del mundo sino también a las miserias del ser que se da enteramente. El papel es el lugar de la confesión, sirve para lavar un alma llena de amargura. Todo un universo se recrea en torno a este estado mental, universo lleno de soledad, de ausencia, de silencio, de olvido, leitmotiv de toda la obra. El libro refleja, efectivamente, el vagabundeo de un alma ya muerta que se dirige hacia las aguas del olvido, hacia el rio Leteo. El poeta evoluciona en un espacio de transición, en un presente eterno que recuerda los lugentes campi de Virgilio. Estos campos están poblados por almas heridas que aun en la muerte viven los dolores de la vida. La experiencia vital del sufrimiento descrito por el poeta está interiorizado por el lector que lee en los poemas la proyección de su propia miseria. En cierta medida, los poemas de Santiago Montobbio pueden ser vividos como una agresión también por parte del lector que ve sus zonas oscuras reveladas. Se nota una transición de una lectura distanciada, catártica que se caracteriza por la misericordia del lector ante la degradación de la voz poética a una lectura activa, física que provoca y despierta un dolor real. La poesía de Santiago Montobbio es, en este sentido, una verdadera daga que traspasa el espíritu del lector. Las sensibilidades dialogan, comulgan hasta confundirse en un “nosotros” puesto en escena en el poema “no tenemos frontera : somos fiera”

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“NO TENEMOS FRONTERA : SOMOS FIERA

que la nada o la soledad devoran.

Somos los restos de esa soledad o esa nada

ya devoradas. Somos un espejo

sobre el que no se refleja nadie,

incluso cuando en él nos miramos.

Porque somos nadie, nada. Somos tiempo.

Somos polvo, somos abismo. Somos el tiempo

que corre y nos persigue y nos da rostro y forma

y usa de taller a nuestro cuerpo

para modelar sus surcos y dudosamente

artísticas ocurrencias. Somos la vejez

que nos espera, si es que llega.

Somos la última hora, que en cada momento

alienta. Somos el día final, la acabada noche

en que todo termina. Somos nadie, nada.

Ceniza que el tiempo para distraerse aventa

y observa cómo en el aire aletea un poco.

Somos tiempo, sólo tiempo, tiempo solo,

huérfano, de sí mismo herido. Tiempo

roto sobre un mundo perdido,

única forma del hombre, naturaleza extraña

que a sí misma vacía y se consume.

La lluvia no cesa de repiquetear en los cristales.”

 

La confusión del “yo” poético y del “tú” del potencial lector subraya la universalidad alcanzada en los poemas.

 La identificación está también favorecida por la escritura espontánea, sincera que crea una relación de confianza. La aparente sencillez del lenguaje atrae al lector que se pierde luego en la profundidad sugestiva de los poemas. La expresión está fragmentada, es caleidoscópica, ambivalente, vertiginosa. El ritmo y los sonidos cautivan creando una armonía hecha de rupturas, de repeticiones. La rapsodia poética es a la vez perturbadora, embriagadora, y luminosa a la imagen de este pequeño poema :

LA BRISA DE LA PRISA DE LA RISA

me acaricia. Las palabras se agolpan

en mi corazón y hacen cosquillas

a los días. De ellas soy, en ellas

respiro. Diré lo que me digan.

 

El lector experimenta la insoportable levedad de la poesía que dice realidades violentas mediante una expresión refinada, musical. Se puede observar finalmente en la poesía de Santiago Montobbio un doble movimiento de hundimiento, ya mencionado, y de elevación. Esta elevación viene por parte de la revelación del potencial poético de lo real. La búsqueda de la esencia del mundo es fuente de reflexiones existenciales y metafísicas. La realidad está transcendida a través de la alquimia poética. De hecho, la putrefacción de la existencia se hace fértil, creadora, luminosa. El lector está invitado a buscar esta luminosidad latente y a participar a la creación, a completarla, tanto más cuanto que el poeta deja unos poemas sin puntos finales (cf. “CUÁNTA TRISTEZA HAY EN LA VIDA.”), abandonados al lector que tiene la libertad de dejar así estos frutos abortados o de acogerlos y hacerlos fructificar. Los poemas se dan como semillas que deben germinar en el lector como lo subraya el título “UNA COSECHA QUE SE SIEMBRA Y SE ABANDONA.·” El poeta es aquel que inspira como lo decía Paul Eluard.

 Los poemas deben despertar al lector, estimular sus sentidos. Sin embargo, esta elevación sensorial es posible únicamente si el agobio que vincula la voz poética no es total. La amenaza del silencio sigue omnipresente pero encontramos en este libro mucho más serenidad que en la poesía de juventud. La oscuridad de la existencia y de la consciencia poética, representada por el motivo de la noche, deja pasar unos rayos luminosos que acogemos como treguas en el deshielo existencial. Los soles mencionados en el título se encarnan a través de digresiones bucólicas. La esperanza de un alba, aún tímida, anuncia un nuevo nacimiento, una transición incluso a nivel de la escritura. El lector sigue entonces el deslizamiento progresivo de la poesía hacia nueva forma de escritura a la cual el poeta se refiere mediante la noción de “notas sueltas”.

 El anuncio de esta evolución artística no cambia la materia profunda de la creación en la que la voz poética se busca. El arte permite al poeta emprender un viaje hacia su interioridad, su esencia, y finalmente hacia el descubrimiento de su identidad. El “yo” omnipresente busca su reflejo más auténtico, su nombre. Entendemos así que la poesía representa una proyección del “yo” poético que no sale de él mismo como lo sugiere el poema “NO SALIR JAMÁS DE CASA O, MÁS EXACTAMENTE” : NO SALIR JAMÁS DE CASA O, MÁS EXACTAMENTE, / de dentro de uno mismo. No ir nunca / a ningún sitio. No conocer la propia ciudad, / sus lugares al amor propicios, a los paseos, / o a las tardes de domingo. Vivir huérfano / y como escondido. Así quiero filtrarme /por las rendijas de una sombra, sin ser / visto por nadie, ni ser de nadie conocido. (...)”. Esta fuerza centrípeta, que hace del ser el centro y el núcleo del todo poético, está expresada de manera muy simbólica por Baudelaire en el poema “Las ventanas” : “Qu’importe ce que peut être la réalité placée hors de moi, si elle m’a aidé à vivre, à sentir que je suis et ce que je suis ?” “¿Qué importa lo que pueda ser la realidad que se encuentra fuera de mí, si me ha ayudado a vivir, a sentir que soy y lo que soy ? “. Esta fuerte personalidad de la voz poética deja aparentemente poco espacio al lector que tiene que buscar él también su reflejo, reconstruir su imagen utilizando la poesía a la vez como una fuente narcisista y una ventana abierta sobre el mundo.

 Por consiguiente, la escritura es un espacio de conocimiento y reconocimiento ontológico pero podemos preguntarnos si finalmente no es en realidad un espacio de nacimiento. En los poemas número 12 y 431 se repite, con unas variaciones, una misma idea, cito : “en esas palabras y esa música /me alcanzo y me alzo, me extiendo, me palpo, /me rasgo.” y en el segundo poema “sones mudos /con los que me palpo, me tiento y me construyo. /A través de ellos soy aún respiro (…)”. Al tejerse el poema, la voz poética se construye. Hay como una inversión de la autoridad en la medida en que es el poema el que crea la voz poética. En este sentido, la escritura se convierte en un arte de la mayéutica. El escribir y el vivir se confunden para el poeta como el leer y el vivir para el lector.

 Esta relación consubstancial entre la escritura y la existencia de la voz poética no impide sin embargo la degradación progresiva del “yo”. La figura lírica se consume, se sacrifica por y dentro de la poesía vivida como un destino trágico. Estamos frente a una paradoja ya que como lo dice Yves Humann las palabras no sirven para nada o sencillamente para vivir pero por los poemas hace falta dar su vida. Al escribir el poeta se pierde, se deteriora y se transforma en un Cristo que lleva a cuestas su arte como una cruz. La muerte se hace palpable, inminente. El lector que “pensaba aprender a vivir, aprendía sólo a morir” como lo dice Leonard de Vinci.

La dualidad entre creación y destrucción va aún más allá y quiero referirme ahora a otro poema que empieza así : “LA POESÍA ES UNA RAMA CIVIL Y LAICA DE LA SOTEROLOGÍA,/ la ciencia de la salvación. Porque la poesía nos salva./ Escribimos para salvarnos, o yo al menos así escribo.” El lector se da entonces cuenta de que la muerte del poeta es necesaria para su renacimiento. La imagen bíblica de Cristo nos ayuda otra vez a entender este misterio en la medida en que se supone que la resurrección de Jesús es una consecuencia directa de su Pasión. El poeta, tal un fénix , resurge de sus cenizas liberándose así del fuego de sus pasiones destructoras.

Al profundizar en el paralelismo cristiano, parece que la Pasión del Hijo de Dios tenía como único objetivo la salvación de la humanidad. La posición del poeta es otra vez ambigua. Por una parte, los poemas revelan un ensimismamiento feroz y es evidente que el poeta no intenta seducir con su poesía llena de obscuridad. Por otra parte, las creaciones de Santiago Montobbio por su intensidad espiritual intimista sacuden e inundan las conciencias. El poeta al no dirigirse a nadie, acaba por dirigirse a todos o mejor acaba por dirigirse a la sensibilidad, a la humanidad de todos. Lo que parecía contradictorio aparece ahora muy límpido. Incontestablemente, el poeta se focaliza en su propia voz, afirmando como Montaigne “soy yo mismo la materia de mi libro “y, finalmente, « Hic est liber meum ». Los poemas se hacen carne y espíritu del autor en un fenómeno comparable a la transubstanciación. El lector que se atreve puede así comulgar a esta eucaristía poética.

 Esta fusión de la voz poética y del lector ilustra la inter-dependencia que les une. La poesía sería esta moneda de oro de dos caras que aparece en el poema “EL TIEMPO Y UN POCO DE ORO VIEJO. », de un lado hubiera la cara del lector y del otro la del poeta que abandona su creación. Este abandono transmite cierta responsabilidad al lector que debe ser papelera limpia y no basura llena de podredumbre como se introduce en el poema “UNA PAPELERA CUBIERTA POR UNA BOLSA DE BASURA ». Notaremos que el poeta no tiene ni la esperanza de poder confiar su eucaristía herética a un sagrario digno. Nadie puede acoger en su totalidad esta obra misteriosa, sagrada por el poeta, irreductible.

El lector debe aceptarlo : el arte se escapa entre los dedos, no puede dominarlo, captarlo. El libro está salpicado de un grito lancinante : “no te alcanzo”. Los poemas parecen asaltar al autor que ya no es el maestro de su arte. Los versos ganan en autonomía y desarrollan su propia respiración : crecen, se extienden, dialogan entre ellos, se liberan del yugo del poeta que confiesa su incapacidad de explicar su poesía cuya vitalidad, cuya energía le sobrepasan. La poesía toma conciencia de ella misma y atrae hacia ella, tal el canto de las sirenas, las pulsaciones de la vida. Los poemas absorben la vida como en la novela corta de Edgar Allan Poe, El retrato oval, obra que cuenta como un pintor con cada pincelada le quitaba vida al modelo que tenía enfrente hasta que toda la vida del modelo estuviera dentro de la pintura y el modelo muerto. El traslado de flujo vital concierne así directamente al lector que puede perder el aliento leyendo estos poemas sin puntuación, lector que poco a poco pierde toda consciencia del mundo exterior navegando por los meandros de la poesía rechazando los simulacros de la realidad. Los poemas de Santiago Montobbio ofrecen una experiencia quizás más real de la existencia.

Acabaré con las palabras de Proust que, después de esta reflexión, cobran todo su sentido. Así pues, la lectura de la obra de Santiago Montobbio nos invita a preguntarnos si « La verdadera vida, la vida al fin descubierta e iluminada, la única vida por consiguiente realmente vivida » no sería la literatura. (“la vraie vie, la vie enfin découverte et éclaircie, la seule vie par conséquent réellement vécue » ne serait pas la littérature.)

 

Laurie-Anne Cathala

(Palabras leídas en la presentación del libro de Santiago Montobbio Los soles por las noches esparcidos en el Aula dels Escriptors de la Asociación Colegial de Escritores de Cataluña, en el Ateneu Barcelonès, el 19 de junio de 2013).

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