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El despertar
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 Article publié le 9 janvier 2006.

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Parece ser que ahora tiene los ojos abiertos, y con ello se acabaron las apariciones  y desapariciones de nuestro personaje central, si centralidad hubiera en el Libro.

Parece ser que terminó su mundo cósmico y terráqueo a la vez. Sus encuentros con estos mundos sólidos y líquidos, están enfrascados en la propia aventura de darse cabida en la página en blanco. A pesar de ello, la escritura o la caligrafía, que se posó en la página en blanco antes que ella, no dejará en su nombre la raya que separa lo sabido de lo inventado.

A pesar de ello, dar nombre, haberla llamado Giganta a ella, es fijar un instante de su transcurrir, inmovilizarlo. Dejar indeterminado su inicio, su comienzo simple, pero determinándose en el movimiento. Quizás con ello se provoque un desequilibrio, se cree un dardo desfigurado ahora en el despertar. Puede que incluso en el nombre y en el despertar, al igual que en todas las páginas, haya mucha fantasía mía. No sé ni si tan siquiera mi fascinación por el personaje, por los sueños y por la duermevela, pueda explicarlo todo, y agotarlo antes de que desaparezca. O si por el contrario todo esto de coger una pluma no sea más que un acto carente de honestidad, un transporte del modelo de la Giganta a la página en blanco, o por el contrario se podría tratar solamente de establecer una gama inestable de colores, que se van figurando en el esbozo del autorretrato, aunque...

Parece ser que finalizaron sus encuentros con las especies marinas y salvajes, con las que se topó en sus recorridos por las tierras del Norte de su Norte. Y con las voces y los cuerpos que andaban esparcidos por los lugares en los que se daban cita. Ya no se oyen sus murmuraciones por los duraderos fríos del Norte ni por las dunas del Serengueti. Ahora, al despertar, sólo le queda el recuerdo de la borrasca y de la lluvia, que dio lugar al cementerio celeste en el que se encuentra en este momento, dormida o muerta.

Parece ser que se acabaron las apariciones y desapariciones, visibles e invisibles de la Giganta, que se mostraron durante los sueños. Parece ser que se acabaron sus significados ocultos y explícitos. Pero algo de aquellos terrenos vagos quedan siempre en lo más escondido, en lo más secreto de nosotras y nosotros mismos. Diríamos que todos ellos se quedan en esa tierra de nadie llamada imaginario, y que es entonces cuando, allí, se desvanecen las ensoñaciones y se convierten en realidad.

Ahora, en una mañana lluviosa de abril, escucha Les Gynopèdes de Erik Satie. Pocos rasgos quedan ya del mundo de la Giganta por introducir en las páginas, por formar parte de los ingredientes de la tarta, que luego comería sin sostén en su duermevela. Sólo queda un leve recuerdo en la carne, que se aleja más y más de ella.

Los sonidos cristal de las notas del piano la conmueven. Imagina la rapidez de los dedos atravesando el teclado hasta sus límites, del centro a la derecha, del centro a la izquierda, y siguiendo a los primeros, toda la espalda de la pianista se inclina perpendicular al resto del cuerpo. Nuevamente hacia la derecha, hacia los sonidos más agudos, manteniendo la línea oblicua que la columna vertebral determina, para volver una y otra vez a su posición homínida. Sólo la idea del cementerio celeste le hace salir de su ensimismamiento en los bellos sonidos de Satie, pero a medias, únicamente para darse cuenta que todavía sigue en un estado de duermevela del que pronto tendrá que salir, y en el que constatará la desaparición de los sueños, el desvanecer del Circo y sus aledaños, y el estado actual en que se encuentra ya por poco tiempo. En estas páginas, ella empieza ya a abrir los ojos del sueño profundo que engendraron la Giganta, la tarta y el Libro, tan irreales como lo que de realidad tiene la vida misma.

Los días transcurren, y con ellos, el tránsito lento del sueño a la duermevela, y el paso rápido de ésta al despertar. Entonces, el acaecer del tiempo es inconmensurable, y lo que se anuncia en estas páginas es sólo eso, el despertar al Libro, el acceso acuciante a la escritura, a sus filigranas, a sus saberes, a sus verdades, y a todo lo demás, que es ese resto que no se sabe de dónde viene ni a dónde va, pero que está ahí, callandito, dispuesto a salir en cualquier momento y de cualquier forma, sin avisarnos.

El paso del sueño a la duermevela se sigue efectuando, pero ahora, desde esta incipiente escritura (el ahora no se define, el ahora es indefinido en el tiempo), se puede decir que está despierta y bien despierta. Que tiene los ojos abiertos con seguridad y que posee intensidad en su mirada. Una intensidad que tiene que ver con la fuerza de sus deseos más ocultos, pero no por ellos menos intensos y evidentes.

Desde luego pasan los días en el transcurrir del sueño y la duermevela. Durante este fluir se comió la tarta, aunque ésta siga apareciendo en la memoria, y le haga recordar sus diferentes sabores y gustos. Parece ser que ninguna otra reemplaza la que se ha comido, que es su mundo. Parece ser que cuando terminó de comerla, se produjo súbitamente el paso del sueño a la duermevela, y la escritura cobró entonces más sentido ante sus ojos. Por eso sus rasgos se hacen más explícitos, como los trazos de tinta negra que se dibujan y desdibujan en ella sin cesar. Sus perfiles aún se siguen vislumbrando como el recuerdo de la tarta y la movilidad de su gelatina. Pero en ellos ya se puede percibir algo, incluso con el estómago vacío.

Parece ser que desapareció el primer triángulo. Ya no escucha las voces que le acompañaron y le sostenían, ni tampoco se ve el triángulo que sucedió al primero en el festival del Circo, y en el que se sustentaba el marco de la ventana de la habitación desde donde pudo ver a la Giganta en sus apariciones y desapariciones. Ni ve el triángulo en su cama. Un triángulo extraño, lleno de sufrimiento y de goce a la vez, o alternativamente de malicia. Un triángulo prisionero de sí mismo, en el que siempre uno de sus vértices queda fuera de la acción de los dos restantes, y mantiene su estrategia. Un triángulo en cuyos bordes inferiores se apoya la lente del telescopio, que es como un azar o una extrañeza.

Parece ser que ya no queda ninguno. Ni tan siquiera subsiste la habitación primera que fue el decorado de la acción durante su duermevela. Ni la cama. Ni los susurros que durante tanto tiempo la dejaron a las puertas de los incendios del corazón. Ya no se escucha más que silencio, y se siente la visión sosegada y tranquila del discurrir de los días en su vida.

Parece ser que desapareció la lente del telescopio, que le agrandaba el mundo y le empequeñecía el cuerpo. Ahora ve sin ella a lo lejos, y sobre todo desde cerca, a media vista y a vista entera. Ahora menos que nunca siente la opacidad ocular que la envolvía en sus sueños, en su dormir y en su velar. Desde luego ya no hay lente en su nueva habitación, luego ya no hay Ojo. El Ojo triangular de Bathan que todo lo ve y controla, y nada desprecia en su castigo. El Ojo que nunca nombra, y por eso su invisibilidad lo hace omnímodo y potentemente presente, pero esto no se dice. Porque ya no existe la lente, ahora sólo hay ojos que miran de forma radical y parcial, miran despiertos y en ellos se manifiesta la realidad relativa de las cosas.

Durante la noche que desapareció la lente, su gata Camila, su gata nórdica, su gata negra, la gata de sus noches de terciopelo, ha vuelto a visitarla después de una larga ausencia. La acompaña. Está contenta de su larga experiencia gastronómica, y de lo que le supuso compartir esta situación conmigo en medio de las noches del verano del Norte. Ahora, con la tarta a cuestas en su estómago se ha vuelto aún más golosa, y está dispuesta a repetir nuevamente el gesto cuando se presente la ocasión. Por eso, Camila se queda con ella durante las noches de los sueños verídicos, y la espera en sus despertares. Está allí, junto a ella. Sus ojos verdes, azules, y de color miel, se convierten por ósmosis en negros azabache, y su cuerpo toma un color semioscuro, mestizo. Sí, Camila es una gata del norte, fiel, instruida en las apariciones y desapariciones y en la duermevela de la Giganta. Camila es conocedora de los personajes del Circo, y de los espectros que circulan por esta nueva habitación. Camila es experta en encontrarlos, los busca concienzudamente con un foco de luz potente hasta hallarlos, aunque éstos huyen a esconderse en los mundos antiguos de donde provienen. Entre ellos, Camila tiene fama de postmoderna, pero aquí, en estas páginas, se expone sin ningún motivo, sin ninguna razón aparente, a ser atrapada, al igual que la Giganta lo fue, por las páginas blancas y sin moldes del Libro. Algunas veces, las circunstancias la pillan con la piel oscura, otras con la piel clara, según cada una de sus siete vidas, cada una de sus siete metamorfosis.

Parece ser que la ventana de la habitación ha desaparecido ya de forma exclusiva. Ahora existen otras más reales algunas tardes de la semana. Pero durante las horas en que Camila duerme la siesta solamente se percibe una. Aseguran que por ella se ve mucho más que por las demás porque es efectiva y selectiva a veces, pero ahora está cerrada a las miradas ajenas por los asuntos que allí se tratan. Sí, esa ventana está cerrada al exterior y abierta a los ritmos internos que nos encauzan la vida, al poder decírnoslos a nosotros y nosotras mismas. Es una ventana en donde los visillos y las cortinas alternan sus colores blanco, oro y verde pálido, según del lado de la calle a donde den. Tanto los unos como los otros tienen la facultad de reflejar la diversidad de opciones que tras ellos se encubren.

De todas las habitaciones reales hay una que le interesa especialmente. La visita dos veces por semana durante 50 minutos y algunos más que alargan la despedida. En ella, las cortinas mantienen el color verde pálido de la primera habitación, pero aquí, en la segunda, el cortinaje es espeso, no deja entrar ninguna claridad que no sea tamizada por él mismo, aunque, algunas veces, la luz no necesita ninguna ayuda del exterior. Cuando esto ocurre, la ausencia de luminosidad del afuera, se ve remplazada por la de dos focos que la deslumbran cuando entra, al franquear la puerta. No hay palabras cuando llega, sólo una que señala la vigencia del ritual de cortesía. Una vez traspasada la entrada, a la derecha, recorre el corto pasillo, estrecho, y enfrente está la habitación que busca. Ahora la puede ver, y algunas veces, la recuerda en los días de ausencia. En ese momento se encuentra en ella, le siguen unos pasos, y se tiende.


Lejos del lugar, del ahora, la luz solar entra en otra habitación en el interior de un inmueble. Es su casa. Uno de los rayos de sol llega a una de las ventanas del tercer piso, se abre paso a través de las macetas de geranio y menta, y apunta directo a su mesa, al lugar en donde tiene las páginas en blanco y escribe firme, cotidianamente, algunas veces arbitrariamente, otras con sentido, pero sin descanso. Ese descanso que necesita sobre todo en los momentos álgidos de su vida, después de las experiencias pasadas que la dejaron con ganas de contárselas a alguien, aunque no sabe a quién. Anda buscando de nuevo a su gata Camila para que la acompañe en sus momentos difíciles, pero no está, se ha vuelto a ir porque ha encontrado un nuevo amante, por eso no acude a sus llamadas ni a sus gritos silenciosos que se desparraman por la casa. Parece ser que fue un encuentro fortuito lo que le facilitó a Camila la tarea de huir hasta llegar al Circo aquella tarde-noche, y posteriormente proseguir su labor secreta en la fiesta al lado de la figura de la Giganta. Una fiesta en medio de la noche, y de la que aún recuerda la aparición de un claro de luna gélido y sus desapariciones, que contrasta con su entrada en la primera habitación real en septiembre del 1991. Una entrada en medio de los calores del verano tardío, pero acostumbrado todavía a derretir los hielos del frigorífico, y los del Norte.

Antes de esa época, en ausencia de Camila, no había encontrado a nadie para filtrar su despertar en palabras. Parece ser que por eso decidió escribir, no lo sabe. No sabe tampoco cuándo le surgió por vez primera esa idea en la cabeza. Sin embargo, un día hablando, no lejos de la fecha del 91, alguien le dio un número de teléfono y creyó haber encontrado ese alguien con quien poder hablar. Es blanca y con tacones no muy lejanos, porque cuando está tendida los presiente muy cerca, más cerca que cualquier otra cosa. Ni su rostro ni su cara mira, sólo su voz nueva, la de aquel momento, es reconocida después de tanto tiempo. Una voz que llega sin el temor de ser incomprendida en medio de los silencios que transcurren en aquella habitación. Una voz que no tiene nada que ver con las que se escucharon durante la duermevela. Es una voz que, sin lugar a dudas, retoca lo interno y lo restablece conmigo. Eso ocurre desde hace ya muchos años, mucho antes de que apareciera y desapareciera la Giganta, y mucho antes también de que fuera al Circo. Un Circo, que parece ser tiende a ocultarse, pues ya ha desaparecido la carpa principal del centro de la ciudad, aunque todavía se mantiene el trapecio, y su excitante balanceo.

Los años han pasado por la primera habitación real y fuera de ella, pero siempre, durante los días convenidos, los 50 minutos se quedan cortos o se ausentan sin querer durante esos mismos días que también se requieren. El tiempo lo reconstruye todo, hace que las cosas se asienten en el lugar que les corresponde o en otro que se desea, para después construirlo y reconstruirlo en el discurso desde nuestras diferentes ópticas.

Parece ser que con la desaparición de la carpa del Circo, éste también se ha esfumado de forma tan exclusiva como la primera habitación real. Lo instalaron en otra ciudad del Norte, de la que aún queda algo en la memoria. A pesar de ello, del Circo no se puede decir nada. Nada. No hay palabras que expresen la pluralidad de sus significados y sentidos. Lo irreparable de su labor imaginaria. Por eso, sólo se puede indicar o justificar con el esbozo de unos gestos lo que allí ocurrió. Unos gestos que, al igual que los de la Giganta, desbordan las páginas del Libro y sus aledaños, y el Libro mismo como sal de la tarta.

El Circo y sus personajes son la memoria, la repetición del comienzo y el bosquejo de aquélla mientras se sueña, mientras se duerme y, a veces, mientras se vela. En esos momentos, ella habla con los artistas cuando está tendida en la primera habitación real. Entonces, ellos hablan y hablan, y ríen olvidados del mundo. Hablan y se escuchan sin necesidad de la Oreja Cósmica o del Ojo de Bathan. Hablan porque ellos están fuera, lejos del mundanal ruido, y ella está dentro, en el lugar en donde se ejerce la imaginación, sin dudas.

El Circo se esfumó con la Giganta, sí. Se fue con los vaivenes del trapecio que parece que toca el suelo, pero no la tierra que levanta el aire a su paso. Se fue cuando se produjo el despertar y entonces todo terminó. Todo desapareció : los sueños, la Giganta, el telescopio, la lente y la duermevela, todo. Y una vez más, a partir de entonces, sólo queda la memoria, la cotidianidad de los días, y la rara excepción de sus momentos en la primera habitación real como material de su andadura por las zonas inestables que entrelazan lo imaginario con la realidad.

Pero antes de que todo desapareciera, le queda aún un parecer. Perece ser que el pájaro de hierro también se fue hace ya mucho tiempo. Abandonó las aguas celestes dejando el vacío de su ocupación. Aunque ella lo recuerde desde su primera estancia en la primera habitación real, fue antes, casi en la duermevela, cuando ocurrió como un incipiente inicio al despertar. De igual forma que el pájaro se fue, descubrió el baile en la fiesta y voló hacia los ardientes balanceos del trapecio, se terminaron las visiones y los ensueños de los que hablábamos antes. Fue en ese mismo momento en el que desaparecieron, aunque ahora no se sabe dónde están. Se fueron, y por eso su recuerdo es lagunar, fragmentario e intenso a la vez.

No rememora ahora el matiz de la voz que contestó a su llamada de teléfono para concertar su cita e invitarla a ir por primera vez a la primera habitación real en aquel septiembre del 1991. Tampoco recuerda el momento exacto, ni el día ni la hora en que decidió que todas estas desapariciones dejaran de parecer y fueran reales. Sólo sabe que fue por la tarde, muy pronto, casi después de comer, a la hora sagrada de la siesta. Ya se sabe que por la mañana, la jornada de trabajo manda sobre los mundos oníricos.

El resultado de su encuentro en la primera cita lo vio posteriormente, cuando el movimiento dislocado del sufrimiento se apaciguó, y el límite indefinido entre lo inconsciente de los sueños, lo preconsciente de la duermevela, y la consciencia del despertar, se delimitó.

Después de todas estas desapariciones, la coincidencia de su primera visita a la psicoanalista, con la tentativa de que la Giganta y el Circo se quedaran en la página en blanco, fracasó.

No hay duda, no hay mejor prueba de esta derrota o fallo o imposibilidad, que la hoja de papel blanco en la que empiezo a escribir el Libro.

Al igual que vuelvo al analista, un día, tarde o temprano, volveré a la primera parte del Libro, y de ésta a la segunda, y luego a la tercera, o saltaré la etapa intermedia o quizá irrumpiré en alguna de ellas para poner una palabra, un gusto de sal o azúcar o una pincelada de color a cualquiera de los personajes que allí aparecen. Si esto ocurriera, ese día no sabré más de lo que hoy sé. Tampoco sabré si ha valido la pena los intentos de escribir o de ir más allá en el interior de una misma, la vuelta atrás o no. No quiero pensar por ahora en lo que voy a hacer. Si la escritura del Libro me falla o desaparece, si en adelante las hojas blancas fuesen para mí un mundo a millones de años luz de éste, entonces sólo me quedaría, parcialmente, la exclusividad de mis visitas, y la posibilidad de trazar unos signos. A pesar de ello, quiero seguir manteniendo la coincidencia entre las visitas al analista en la habitación última, la segunda habitación real, y la tentativa de hacer translucir una escritura cuyos secretos de alcoba aún ignoro. Mal o bien estoy intentando descifrar un enigma como el misterio de quién soy, con un código que desconozco. Tan arriesgado es hacerlo como decirle a mi analista que lleve un poco más allá, sólo un poco, su interés por la paciente. No obstante, ahora que empiezo a escribir fuera de los bordes de la Giganta, y de los moldes del Circo, siento como si en mi vida, a pesar de los sueños pasados y de la duermevela, no hubiera hecho otra cosa que eso, no hubiera nacido nada más que para hacer eso. Me veo escribiendo como nunca me vi haciendo otra cosa, y descubro lo que hay de fascinante en ello : esa idea que se traslada a la página, y de ella al Libro, que es como una prolongación infinita de mí. En este sentido, el intento de escribir el Libro puede ser ya un trabajo perfecto, como igual de perfecta fue la decisión de comenzar mi análisis en una habitación real y de colores, en un intento frustrado de esbozar mi autorretrato desde diferentes perspectivas. Así podría estar escribiendo toda la vida, pero las disquisiciones de uno y otro lado se aferran para hacer desaparecer tanta prolongación, y me interrumpen para hacerse sopesar en sus múltiples manifestaciones, no sólo aquí, en esta posible escritura del Libro a partir de los prestamos de la Giganta, de los sueños, del Circo y de la duermevela, sino también en mis visitas al analista. Pero estas disquisiciones sí puedo escribirlas. Conozco perfectamente algunos de sus signos, los que se han expresado a lo largo de mi vida visitando numerosos especialistas de una y otra índole, con diferentes resultados más o menos negativos.


 

 De los 8 años pasados en las dos habitaciones reales no puedo decir si ha ocurrido algo en ellas que tuviera que ver con cosas excepcionales, aunque algunas veces se translucía el sentimiento de que algo raro podía suceder ante sus ojos, y ante los ojos de los extraños. De estas habitaciones reales sólo sé un poco de su envoltura exterior.

 La primera habitación estaba situada en el noroeste, en medio del bullicio, junto a una plaza. La segunda se hall frente a un gran parque. Lo que las dos tenían en común era que se encontraban en dos casas situadas en dos grandes avenidas ruidosas, las dos tenían un portero más o menos controlador, y un pequeño ascensor. Pero de todas estas similitudes, lo que más resaltaba en medio del tumulto era la reserva ya existente. Un silencio que se podía sentir desde la puerta de las dos casas hasta llegar a las habitaciones. Un silencio invitación. Un silencio acuífero marcado por el inicio y el seguimiento de un viaje blanco como el que realizó la Giganta por los mundos celestes y blanquecinos, que luego se concretaría en las palabras escritas con la tinta negra del Libro. Un silencio, que sólo se veía perturbado por la presencia exacta y coyuntural de un real exterior, que no dejaba de clamar venganza ante tanto goce.

 En ninguno de los dos apartamentos había algo que traicionara la intimidad de sus habitantes. Ninguna actividad parecía tener lugar allí, si no fuera por las entradas y salidas de personas anónimas en intervalos de 50 minutos o de algunos más. A pesar de ello, todo era silencio. Puro silencio abarcando los confines de lo entendible. Un silencio como el que surgió después de todas las desapariciones, al despertar. Un silencio roto por palabras extrañas y por mutismos que necesitaban de urgente interpretación. Sintiendo estos silencios se podría pensar que se estaba fuera de la ciudad, fuera de este mundo, en otros, pero no, se estaba allí, allí mismo, en los lugares justos en que se situaban la primera habitación real y la segunda. Inmersa en ellas.

A estos silencios le sucedió la acción del fuera, de la calle, del ruido, pues las dos casas se encontraban en pleno corazón de la capital. En ninguno de los dos lugares había pobreza, ni tampoco riqueza, sino la vida misma de una burguesía profesional y comerciante, que esconde tras de sí las rendijas de sus insatisfacciones y miserias.

De vuelta a su interior, rememora ahora la primera habitación real como rememoró en su momento los sueños de la Giganta, y la cotidianidad apacible de su presencia. Ambas cosas siguen en la memoria, en el lugar adecuado, y por eso, aunque estén fuera de ella, lejos o cerca, próxima o en la inmediatez, la penumbra de las estancias no le posibilita acceder a la totalidad de sus invisibles. La rapidez en la entrada, su apresurado dejarse caer, su ligera timidez, sus fantasmas, su posterior salida relativamente apresurada. Esta especie de ritual inapelable, algunas veces, pocas, roto por las ganas, lo llaman encuadre, que puede ser el de una hoja del Libro, el de un momento o el de los 50 minutos que allí transcurren. Mientras que éstos duran, la visión del Ojo está en sus mínimos, pues todo se dispone para salir a la claridad del día, a la tarde, a la noche o a la calle, incluso si algunas veces todavía mantiene en su piel las percepciones de los mundos cósmicos de la Giganta y del Circo

El paso del tiempo trajo la síntesis, sin multiplicidad kaleidoscopica, de las dos habitaciones reales en una. Fue a partir de febrero del 1994 cuando las dos habitaciones se convierten en una, pero sin entrar en lo único.

La envoltura exterior de esa habitación, la de ahora, la de la casa que tiene significado a partir de febrero del 1994, debe contar con unos 50 años o más. Según su apariencia pueden ser más o menos, depende del ojo que la mire, pero ¿quién vive en este lugar ? Al ver todo el conjunto, los jardines que circundan la larga avenida y el parque, se podría decir que sus habitantes son médicos mata sanos, abogados feligreses, arquitectos de arcilla, profesores con el mal de las alturas, algún psicoanalista en pro de revolución, y pequeños, medianos o grandes propietarios. Pero sobre todo, a pesar de los niños y niñas que juegan en el parque a la salida del colegio, da la impresión de que la zona está habitada solamente por viejecitas más o menos adineradas o en pérdida de poder adquisitivo. 

Como todos los días que va a aquella casa, se encuentra con el mismo panorama que cuando entraba en la casa de la primera habitación real. Dice buenas tardes al portero como buena chica que es, espera unos minutos hasta que llega el ascensor, y entra. Pulsa el botón hasta el quinto. Pues sí, es un quinto. En la capital puede parecer un piso bajo, pero yo creo que debe estar por las nubes. Unas nubes espesas que aparecen y desaparecen a causa del paso de la Giganta por la habitación real, y por la ciudad, después de esperar algunos minutos que le abran la puerta del apartamento. Mientras tanto, una oscuridad sombría reina en el pasillo. A fuerza de costumbre sabe dónde está el timbre de la puerta. Suena y espera de nuevo. Escucha unos pasos que cierran una puerta en el interior del piso y se acercan para abrir. Unos pasos que no tienen nada que ver con los que se oían durante la duermevela y reconoce. Aun así, le siguen pareciendo extraños esos tacones aproximándose hasta que se hacen presentes. Entonces la puerta se abre y se hace una luz parcial que dibuja una figura femenina, delimitando a su vez su propia sombra. Una oscuridad blanca, que poco tiene que ver con la que se reflejaba en el espejo ovalado y gigante del espectáculo del Circo. Pero hubo algo que al parecer dio sentido a toda esta representación de luces y de sombras, de Giganta y de Circo, a toda esta aparente banalidad retórica. Algo como un desprendimiento, como una separación o un desgarro, que le recuerda la lección de anatomía del cuadro de Rembrant. En definitiva, algo que proyectó a esa imagen simbólica en las diferentes habitaciones reales de aquí, del Libro. Según esto, dicha separación se hizo totalmente visible en esta última habitación real, la segunda, de cortinas pesadas verde pastel, a la que vuelve todavía. Es una separación que se vislumbra y se escribe cada día más, como la que comenzó en las dos partes anteriores del Libro de sueños y duermevela, y con el comer de la tarta.

En el postre, todos los personajes se separan, desaparecen. Camila ya no está, tampoco la mujer. Y los demás participantes se inician en otros lugares de manera omnipresente como fantasmas por las laderas del destino que recorrerá el Libro junto a la mano invisible que lo escribe, dejando constancia, y abriendo el camino, a una historia de sufrimientos, de deseos y también de bienestar.

 

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