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La duermevela I
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 Article publié le 9 janvier 2006.

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I

 

La muerte de la Giganta da acceso a la repetición indefinida del comienzo del Libro. Por eso, la historia de nuestro personaje se hace entonces un poco más visible, más real, más cerca de la consciencia, con un lenguaje menos metafórico, y por lo tanto un poco más fuera de las ensoñaciones, pero a la vez todavía dentro de los sueños, que podrían realizarse a partir de ellos. Por eso parece que ahora su mundo se implanta como un universo sólido, casi exclusivamente terráqueo, fuera de las etéreas galaxias insospechadas. Por eso se instaura, junto a las jornadas diurnas que acontecen con ilusión y sueños, la desilusión. Sin embargo, algunas veces sucede que los sueños en las noches existen, y los días están hechos de una vigilancia despierta, lúcida y madrugadora a la vez. Existen los sueños porque el día no es más que holganza de la noche, y pura abertura de algo que desde el fondo no ha llegado todavía al papel ni al lienzo, pero que quizá llegue en el despertar. Entonces, el día será un sueño en donde la espera se mantiene sólo como eso, como espera, como día, en donde se sostiene la noche, y se duerme cuando ésta cae o está cayendo o sigue en sus espacios inhabitables. Cae la noche, eso sí, y pasa el tiempo, y lo que se presenta ante nosotras y nosotros es tan oscuro que se fue entretejiendo en el fondo de la ventana con el paso de las apariciones y desapariciones de la Giganta. Un fondo tan oscuro como el entramado que conforma nuestro pensamiento y lo desconoce. Por eso, ella duerme. Duerme también en su duermevela. Duerme en el acontecer de no sabe qué sucesos relacionados con la Giganta han tenido lugar. Duerme en la realidad de la noche, en lo oscuro que existe en nosotros y en nosotras. En ese algo que nos invade de manera real con formas gigantescas de colores y deseos, y a ese algo le llamamos sueño.


Después de la muerte de la Giganta, al principio, ella duerme en su habitación. Puede que la creciente oscuridad aún no le sea evidente, y parezca como si una ligera nube se hubiera abierto al sol de la noche, y una estrecha sombra cayera sobre la tierra y dibujara un trayecto oscuro. Entonces, en cualquier lugar del mundo, y sobre todo en la lente del catalejo, que se encuentra apoyado en el borde de la ventana, no habrá ninguna luz, todo estará completamente a oscuras durante unos minutos.

Algún tiempo después de que esto ocurriera comenzó a iluminarse el lugar. Entonces parecía que empezaba a llegar de forma clara a la consciencia lo que antes quedaba oculto de la Giganta, pero no fue así. A pesar de ello, aún hoy día aparece oscuro el significado de sus sueños. Por eso, a media noche se despierta bruscamente, sudorosa, desconcertada. En realidad no es la noche lo que la despierta, sino ese tiempo ambiguo que es el inicio de la mañana, de la claridad, de la luz tempranera que nos hace abrir los ojos sin ver. Y cuando se despierta, vislumbra y ve, se siente alerta, sofocada y con juego de sensaciones y sentimientos. De entre ellos sobresale la idea de un cementerio celeste que la persigue sin saber por qué, y de la construcción del Libro. Ciertamente en este semidespertar debe de haber algo de verdad porque la vigilia borra dicha sensación mortal y le produce un alivio momentáneo.

De manera simultánea, la respiración va calmándose paulatina, tranquilamente, volviendo a su ritmo acompasado, y el alivio producido se convierte en una mezcla de pesadumbre y consuelo. Esta mezcla, unas veces mortal otras vivificadora, es la que caracteriza sus sueños en estos últimos tiempos. Son sus sueños pasados en la duermevela presente, que aún se filtran en el Libro.


Ahora está tranquila. Se deja ir, y tendida en la cama ve pasar, como si se tratara de una película, las imágenes de la primera aparición visible de la Giganta. Una aparición que se llama AEl Inicio@, y tiene que ver con este primer casi despertar precipitado. Quizá haya habido algunos más, pero es precisamente ahora cuando éste tiene que ver con el inicio de las imágenes. Unas imágenes que ya se escribieron en la prehistoria del Libro y que aún queda por concluir.

A paso lento un sopor la invade y se convierte en algo más profundo, más ensoñador. Algo que tiene que ver con el abandono a su propia suerte, con ese mundo incontrolable e incontrolado que conocemos con el nombre de visiones oníricas. En ellas no existen palabras concordantes ni discursos, sólo las imágenes parpadeantes de los cuerpos proyectados, y reflejados en las paredes de nuestro pensamiento más arcaico. Sólo, el camino tambaleante desde los fríos de los icebergs hasta las ardorosas tierras del Serengueti. Y a su vuelta, cuando la memoria funciona como un flash back, sobresalen también las imágenes de un cosmos bullicioso, emanador y destructor a la vez, enconado y fragmentado, tan pronto blanco e incluido en una especie de gamas platas, tan pronto húmedo, como seco. Un cosmos que puede ser como el azul miniatura, secreto de Giotto, pues no existe en otro pintor.

Ya es mañana. La luz tenue se esfuerza cada vez más por dejar pasar una luz brillante. Una luz que entra por las rendijas de la persiana a paso agigantado, al unísono del timbre del despertador. Una luz oblicua llega a sus ojos y le hace poner precipitadamente su mano sobre ellos.

Se despierta no como antes. Esta vez una realidad brumosa la llama, pero se queda un poco más en la cama, remolona. Su cuerpo desnudo se resiste a salir de entre las sábanas. Uno de sus brazos aún descansa junto a su cara, aunque sus dedos se mueven imperceptiblemente, y buscan conocer el espacio que los envuelve.

 

Ahora está despierta. Parece despejada, sin bruma, y con las ideas claras. Se levanta y se sienta en el borde de la cama. Así, estira paralelamente los brazos y las piernas hasta que su cuerpo se tensa violentamente y su espalda se curva. Aspira y expulsa el aire con precaución, pero enérgicamente. Ahora se siente mejor, descansada. Tiene la impresión que desde el inicio todo puede tener un buen final, quizá pueda vislumbrar ya algo de la figura humana y femenina que presagia la escritura del Libro. Se levanta y abre la persiana. Su cuerpo se ilumina de una luz intensa, brillante. A pesar de la cotidianidad reinante nada parece tener un sentido ordinario. El reloj sigue marcando el tiempo, y la cafetera está en la cocina para, como todos los días, prepararse el desayuno.

Dispuesta a salir se acerca al borde de la ventana y, algunas veces, a la luna. Es bien sabido que no hay nada que conecte estos elementos físicamente ni tan siquiera existe un enlace entre el autobús que la lleva y la tierra de la carretera que toca, pero a pesar de ello, hay algo a menudo a nuestro alrededor, algo como el sueño, que está constantemente tirando con la misma fuerza hacia todos lados. Son las fuerzas centrífugas que nos mueven, aunque parezca que somos inamovibles e iguales.

Siguiendo la potencia de estas fuerzas, que ahora siente a su espalda, se vuelve, gira en dirección de la voz que le habla y le muestra la totalidad de lo escrito : los capítulos que forman parte del Libro acerca de una figura femenina, de su escritura, y de los versos rotos y ocultos por la tinta negra que los expresa. Una voz que poco antes había sentido en la nuca, en su oreja, descendiendo hasta la boca y que ahora se va, pues según no se dice, la pasión no bebe especialmente de la infidelidad.

Parece que el tiempo ha pasado bruscamente cuando el autobús se para al final del trayecto. Pero ella tiene la impresión de que sigue en el borde de la ventana mirando hacia afuera, hacia una posible nueva aparición de la Giganta, pues ha oído decir que después del inicio de esta parte del Libro, nació más real para la historia, aunque ya sabemos que ésta última se produjo mucho antes del comienzo. En su prehistoria, cuando sucedió el verdadero lugar del nacimiento : el momento en que por primera vez una lanza una mirada inteligente a una misma.


El paso encrespado del tiempo se lo recuerda sus alumnos, que, aunque adolescentes, muchos y muchas están ya envejecidos por sus historias, por su falta de nacimiento, y por el ruido atronador que hacen a la salida de ese espacio de represión en el que se han convertido las instituciones escolares.

De vuelta a casa, su gata Camila le dice lo mismo, que el tiempo pasa y que por eso se pone a sus pies y le pide caricias, y buena lata de carne. Mira el reloj y siente hambre. Tiene el estómago lleno sólo de lluvia púrpura y de cosméticos endiablados por las hormonas alimenticias. A pesar de ello le prepara algo y lava los platos de la noche anterior, lentamente, de forma rutinaria, tan así, que se le olvida enjuagar la última taza, aunque el contacto de una pompa de jabón en su mano le avisa de que debe hacerlo.

Cae agua en medio de la noche, la imagen de la voz en el recuerdo, su color la envuelve. La luz irradia en la pared su tinte. Esta vez, la imagen deja de ser ella y se convierte en cuerpo envolvente, y en mirada dirigida al último frío sideral, que se pierde en las postrimerías de las aguas del norte del Norte, quizá sea la figura que espera ver aparecer en el Libro.

Comiendo, el vapor de la sopa le recuerda que incluso debajo de la espesa capa de hielo de la superficie que vemos, y de la oculta que intuimos, destaca el calor de las aguas subterráneas. Aguas que desembocan en el mismo mar de todos los inviernos, que a esta hora está siempre tranquilo y alto, y en donde el tiempo se sucede lento en su estación indefinida.

Hoy quizá acabó el día, pero no sin antes sentir el rumor de un posible despertar completo. El susurro del agua de la ducha le cae en la espalda. Agua tranquila y aislada, caliente, cercana, casi durmiente, que le descubre los labios y le dice, junto a la voz : Abre los ojos, pero no fue así y continúa en su duermevela.

 

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