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En los momentos difíciles la poesía siempre vuelve
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 Article publié le 5 avril 2020.

oOo

[nota de prensa...]

LOS NIÑOS ITALIANOS QUE JUEGAN EN EL PISO DE ARRIBA.

Se les oye corretear. Escribo andada un poco más

la mañana, pasado este sabor inicial de angustia

que me ha traído el despertar. Me hacen

escribir estos niños, su rumor de vida. La alegría

y la inocencia de estos niños son la vida, la vida

de verdad, que aún está y dice que ha de resistir

y aguantar. Son los hijos -niño y niña- de una

familia italiana que vino a vivir hace un año.

Es una alegría tener una familia italiana en casa,

en tu escalera, y por nosotros fue así recibida,

e intentamos transmitírselo. Como una alegría.

Aguanta, Italia. Aguanta, España. Barcelona.

Roma. Vuestros niños son de la vida, también

en la medida que lo logremos los débiles

y los mayores. Es una oración ya este poema,

como sucede otras ocasiones. Entono una plegaria

y la levanto al cielo de todos para que todos

nos sintamos aún de la vida. Unos niños

italianos a los que oigo jugar en el piso de arriba

me despiertan y traen esta esperanza.

 

Barcelona, 20 de marzo de 2020

 

EN LOS MOMENTOS DIFÍCILES LA POESÍA SIEMPRE VUELVE

Día frío. Otro día de encierro. El encierro se hace duro. Quizá ayuda a que así lo sienta este día nublado y frío. Mucho trabajo. Leer -también otra vez- Vuelta a Roma para elegir tres poemas con el fin de grabarlos para la Fonoteca y que hagan un vídeo con esa grabación, como han hecho de libros previos -y también del anterior de Roma. Pasar el texto que escribí como resultado de la conversación con Berta, cuando preparaba y ultimaba el texto de su presentación de este libro que no ha podido ser y quería preguntarme algunas dudas. Pensaba en publicarlo quizá en el foro Masse critique que han abierto en la Revue d’Art et de Littérature, Musique, que podría ser apropiado darle este uso. Es decir, que publicaran el texto que escribió Berta y tendría que haber leído en la presentación del libro y luego, como comentario a este texto que habían publicado -porque así funciona Masse critique-, el que a mí me suscitó. Como un complemento o un colofón. La vida cambia y cambian sus cosas, esto lo sabemos, y este momento nos hace ver de qué pronto y radical modo puede esto así ser. Así que quizá este texto tenga que cambiar su momento y relación con el libro, y haga de introducción a él, de invitación a leerlo. Ya que no ha podido haber presentación, puede ser una manera de acercarlo, de decir que está. Así que pasaré al ordenador este texto que escribí, por si me parece oportuno darle este otro y nuevo uso. Me llega esta mañana un mensaje del poeta Daniel Rodríguez Moya, director, junto a Remedios Sánchez, del Festival Internacional de Poesía de Granada al que estaba invitado a ir. Escribí algún poema que reflejaba la ilusión por ello y decía a la poesía y a Granada y las unía. Los reuní estos días en un conjunto, junto a otros en que está presente Federico García Lorca. Lo he titulado “Poemas con Granada y Federico”. Daniel me agradece esos poemas. Ángeles Albert, directora de la Academia de España en Roma, me escribe ayer tarde y me dice que es impensable que no vuelva a Roma a presentar este libro. Que hemos de buscar fecha. Otoño será intenso, pues trasladan a esa época las actuaciones y los actos que tenían que hacerse ahora, pero seguro que encontrarán un hueco, me dice. Y que siempre recuerda aquella tarde de domingo de poesía -mi poesía- en la Academia, con la sala llena. Sí, hasta gente de pie al fondo, recuerdo y le comento a mi madre. Caía la tarde y se hacía noche sobre Roma. Reencuentro, gracias a la poesía, con Carmelita. Que estuvo espléndida. Como le pedía la poesía. También veo un mensaje escrito hoy en Roma. Es de Alberto Rodríguez, quien hace visitas por la ciudad, por Roma. Vi que empleaban mi libro Poesía en Roma. Le anuncié -como a todos, lo incluí en el correo general- la aparición de Vuelta a Roma. Ante su cálida respuesta y su entusiasmo le envié el texto, para que a través de sus poemas y sin salir de casa pudiera dar una vuelta a Roma. Me escribe para decirme que Anna de la taberna de Vicolo del Gallo está bien. Y que se siente muy identificado. Y veo que en el texto que publica hoy en su web EnRoma dice que ha recibido con ilusión la noticia de la aparición de mi nuevo libro con poesías : Vuelta a Roma. Y que espera que podamos volver a Roma, también -dice- los que vivimos en ella. Allí vive y allí está la poeta Zingonia Zingone, quien también ha salido a dar una vuelta a Roma conmigo y mis poemas. Me agradece que la mencione en alguno. Y me dice que le ha llamado la atención que la haya pensado en la iglesia de San Felipe Neri que está desacralizada, porque allí está su arquitecto. Yo no lo sabía, claro. Me dice que hay otros lugares e iglesias de Roma en que podría haber encontrado la presencia de su santo, y que justo la pensé allí. “El Espíritu avisa” ; me dice. Y la vida sigue. Corretean y juegan los niños -también italianos- del piso de arriba. Se puede seguir dando una vuelta a Roma gracias a la poesía, a través de los poemas. Caminamos también con los sueños y los recuerdos. Nos alivian y hacen soportar la soledad. Volvamos por ello, por así saberlo, también a la poesía estos días. Vuelta a la poesía, y también ahora, a la poesía que, como me decía Carmelita la primera vez que nos reencontramos en Roma y sale en los poemas que allí escribí que así me lo dice, y se lo recordaba para decirle que otra vez ella -la poesía- allí nos reunirá, en los momentos difíciles siempre vuelve.

Barcelona, 27 de marzo de 2020

 

ESCRIBO CUANDO ANDO

Voy por la Rambla Cataluña y me llega un mensaje de Berta : Te puedo llamar ahora por las dudas ? Veo este mensaje y paro un momento y le contesto : En cinco minutos llego a casa, te aviso. Porque es verdad. Estoy ya cerca. He dado un paseo por la Rambla Cataluña. Que son nuestros paisajes. Así me lo decía Berta ayer tras volver a leer los poemas que publicaron en Francia de La poesía es un fondo de agua marina y que prefirieron, y que eran poemas barceloneses, que pasaban en Barcelona, eran paseos por ella. Me escribió Berta : Este premio te lo concedieron en 2012 ? Sí, a primeros, o sea que el libro mereció este reconocimiento casi inmediato. Y también : He leído algunos de los poemas elegidos. Para mí son muy especiales pues ya sabes que hemos vivido en el mismo paisaje urbano. Lo sé, he pensado en ti, le contesto. Porque es verdad. Lo que dice Berta es verdad de modo extremo. Vivía al lado de mi casa de Diagonal, y desde la suya, como de la mía, se veía la casa de las Punxes, a la que se dedica uno de estos poemas. Por esto fuimos un día a verla juntos -la Casa de las Punxes. No sé cómo se lo dijimos a la chica que hacía de guía, que habíamos ido a verla por este particularísimo motivo, y se quedó, claro, sorprendida. Luego pensé que quizá pensaba que nos inventábamos una historia. Pero no, se lo creyó, como verdad era, porque al rato nos preguntó si aún vivíamos allí. Y ahora Berta ha leído este poema y otros que en verdad son un paisaje tan compartido. Y me dice de otro poema : El de la campana y la chica con cáncer me ha llegado al alma. Yo : Es real. Ella : No lo he dudado. Y acto seguido : Espero que esté bien la chica. Creo que Berta ya me dijo esto cuando leyó el poema por vez primera, y que yo debí contestarle lo que le contesto de nuevo ahora : No lo sé, la verdad es que no me atreví a preguntarle a Carmelita, que era quien le daba clases. No lo sabía cuando escribí el poema y no lo sé. Y, tras esto, un silencio, hasta el mensaje de ahora -Te puedo llamar ahora por las dudas ? Berta se refiere a cuestiones oscuras, que pueden tener motivaciones diversas -erratas, alusiones o referencias demasiado veladas para quien lee, lo que sea- que ha encontrado en Vuelta a Roma, que ha leído para su presentación en Barcelona, en la que participará. Así que Roma es también un paisaje compartido entre los dos a través de los poemas que en ella escribí en estos dos libros en cuyas presentaciones habrá participado -Poesía en Roma, Vuelta a Roma-. También lo es el Instituto Italiano de Cultura de Barcelona, al que fuimos juntos y que fue donde nos conocimos, como fue también el lugar en que nos encontramos con Carmelita. Como nos hemos vuelto a encontrar en Roma.

Llego a casa y llamo a Berta. Me dice que me quiere preguntar algunas cosas. Le digo que a veces hay cosas que pueden resultar oscuras o de comprensión difícil o hasta extraña. Sé que es así, y puede ser por motivos diversos. Que ella dirá. Y me dice que en uno de los poemas primeros hablo del tropiezo en la belleza, o de la belleza, y que si esto se refiere a Ramón Gaya. Sí, porque escribió un texto precioso, titulado “Tropiezo y contrariedad de la belleza”, con el subtítulo de “Tramonto romano”. A partir de un crepúsculo romano habló del carácter difícil y de la agresión que puede haber en la belleza, de su violencia y ser hiriente. De manera penetrante y muy bella. Le digo que es un gran pintor y un gran escritor del 27, una gran figura, pero que vivió muchos años en el exilio, y eso es difícil de compensar. Es difícil que puedan revertirse esos años de ausencia y desconocimiento de su obra, que obtenga el reconocimiento y la consideración que por ésta merece. Es él en esto un caso claro. Además de pintor es escritor y poeta -y es un gran poeta. Cuando publicaron su obra completa pude leerla y comprender que era una obra especialmente valiosa entre las del 27, una voz muy personal y de gran altura. Cuando era tenido y conocido más como pintor. Y ya sólo como escritor es una gran figura, su obra literaria es una aportación de primera importancia. Escribe poemas y ensayos y literatura de observación y aforística, notas de diario. Son preciosos sus diarios de Venecia, escritos en las estancias que pasaba allí. Escribió también mucho en Roma. Y de Roma, como este precioso texto. Ion de la Riva lo hizo poner en el Café Greco, adonde iba a escribir, como su amiga María Zambrano. “Sí, lo dices”, me dice Berta. Es un escritor muy primoroso, su escritura tiene algo de filigrana, algo de barroquismo, pero poco. Es una escritura muy perfilada, pero a la vez muy honda. Berta me dice que notaba que yo hablaba de la belleza de una manera serena y hacía esta referencia. Sí, es una referencia a este pensamiento de él, que es de él, como hay a veces otras referencias a afirmaciones u observaciones suyas. Que son suyas, y yo me refiero a ellas. Yo no escribo como él. Me gusta mucho como escribe, pero yo no escribo de la misma manera. Ese texto sobre el tramonto romano es precioso, pero sólo pudo escribirlo él, y por esto me refiero a lo que él en él dice. Le digo también a Berta que hay una referencia a él en un poema de La poesía es un fondo de agua marina que pasa en Venecia. Porque refiero que en la exposición que le dedicaron en la Pedrera había unas preciosas acuarelas de Venecia, además de poderse escuchar en ella en una filmación y dichas por su propia voz algunas de sus impresiones y observaciones de Venecia. Le digo a Berta que por poco llega a inaugurar él mismo esta exposición. Vivió hasta muy longevo, los noventa y tantos, y cuando se preparó la exposición estaba vivo. Debía ser primavera, y se inauguró en octubre. Gaya ya no estaba, pero fue por poco. Estaba aún, y estará para siempre, en su pintura y en su voz -voz de pintura y de palabras.

Berta me dice que hacia el poema que empieza “La luz sobre los árboles del río” -lo dice para que me sitúe en el libro- hay algo que no entiende, pero que antes quiere preguntarme por algo que digo en este poema. Digo : Vicolo dell’Arcacio. Aquí la otra vez me asustó un chico. No, me dice Berta, lo digo por si te pasó algo. No, me acuerdo de la otra vez, que estaba escribiendo de pie aquí, en esta calle, en una libreta. Estaba completamente abstraído en ello, y se me acercó un chico, como pone el poema, y me sobresaltó. Porque ni me di cuenta de que se me acercaba. Me pedía dinero, supongo. Era una persona con aspecto deteriorado, de estar en la calle. Pero no me hizo nada. Pero me llevé un sobresalto porque ni lo había visto, porque estaba escribiendo. Y me acuerdo porque estoy en ese momento haciendo lo mismo. A veces hay un recuerdo de los días anteriores en Roma y un diálogo con ellos. En otro poema, allí, digo que las plantas ya no están, porque eran unas plantas no sé si grasas pero que colgaban largamente de los balcones en alguna casa de esa calle, y ahora las veo secas, mustias, o que no están. Y las recuerdo. Recuerdo las plantas vigorosas y verdes y siento y pienso que ya no están, como no está el chico. Sí, me dice Berta, es en este poema. En el que está algo que le parece que está mal. Puede ser. A veces hay algo que te parece extraño, y en general se soluciona. Es un error de transcripción. Es normal, porque hay mucho texto. A veces falta una coma o una palabra o una o es una a, algo que puesto en su sitio o corregido lo aclara todo. O se ha omitido un verso. En general, cuando va a los originales ves que es algo así. Lo comprobaré. Y entonces Berta me dice lo que le parece raro o está mal. Es que pone : Camino/ cuando ando. Y, como observa Berta, caminar y andar son lo mismo, lo que hace pensar que puede haber un error. Pienso que en efecto debe ser así y así se lo digo. Que parece que en este caso se debe haber omitido un verso. Ya lo miraré. ¿Llegarás a tiempo ?, me dice Berta. Se refiere a si podré corregirlo en el libro. No, ya no, se está imprimiendo. Y pienso para mí que tampoco pasa nada. Quedará como una curiosidad o un detalle. Recuerdo que para mí que en la versión -entonces hojas pasadas a máquina, con máquina de escribir- de los poemas que envié en enero de 1988 a la Revista de Occidente observé después, al repasarlos, que justo en el que llevaba el título que pensaba dar a mi primer libro -Hospital de Inocentes- se habían omitido unos versos. Era sencillamente un error de transcripción al copiarlo del original. Pero era la versión que había mandado. Y la que salió. Y pensé entonces que era sencillamente una particularidad, algo que se podría estudiar años después. Una particularidad de ese poema en esta primera publicación. Como tiene otra, pero ésta buscada, y es que aparece en la Revista de Occidente sin título, como a ella lo mandé, precisamente porque era el poema que llevaba el título que pensaba dar al libro que publicara, si lo conseguía publicar, y que por ello omití, para guardármelo.

Berta me dice que luego, en un poema en que estoy en la taberna del Vicolo del Gallo, hablo de lo violento que hay en la belleza tras referirme a otros aspectos que da y hay en ésta, y que entiende que también es una referencia a Gaya. Sí, supongo, así es, una alusión más velada, pero que se refiere a este concepto violento sobre el que piensa y siente y te hace sentir y transmite hay en la belleza. Pero es ya sólo una mención. Se nota mucho, como dice Berta, que escribo yo, que es mío lo que digo, y hay además en lo que digo otra mención. Es así, como observa. Porque, como le he hecho notar antes, yo no escribo como Gaya, y es natural, porque somos dos personas distintas. Pero hay un diálogo con algunas cosas que él dice, como con otras, y otras presencias. De hecho, no le comento pero sabe que ella va unida a esta taberna, que la evoco a veces, por su comentario en la presentación del anterior libro romano, en el que afirmaba que la visita a esta taberna quedaba para otra ocasión. Lo sentí como un deseo bienintencionado pero que no se iba a dar y poder cumplir, porque estaría seguro cerrada cuando volviera, y me alegró y asombró que esa buena intención se cumpliera, fuera real y no una quimera. Y a veces, en relación a esta taberna, la recuerdo y evoco, a ella, a Berta, en la bondad de esa intención.

Berta me dice entonces cómo acaba un poema, diciendo que al final está la oscuridad. Los versos que preceden a éstos dan a entender algo que le hago notar, y es que este verso último mantiene también un diálogo con el anterior libro, con los días anteriores en Roma, pues Carmelita hizo notar de los poemas de esos días esta afirmación que había en algunos, esta oscuridad que hay al final. Y yo lo recuerdo en este poema, como recuerdo en otros otras observaciones que ha hecho Carmelita esta vez -pero en referencia a los poemas anteriores de Roma, no éstos que escribo estos días, los de Poesía en Roma, que esos días presentábamos-, y dialogo con ellas. Los tengo presentes y mantengo un diálogo con estas afirmaciones o verdades que estaban en los poemas y ella destacó. Pero Berta tiene además una pregunta en relación al último verso de este poema. Así que pregunta : la oscuridad, ¿es la muerte ? La oscuridad es la oscuridad, le respondo al momento. En una entrevista, hace años, me preguntaron de qué tenía miedo, y respondí : De la oscuridad que hay en el hombre. Entiendo, digo a Berta, que hayas pensado que podría ser la muerte, quizá porque le precede la palabra final, y podría serlo. Hay para quien la muerte es, sería la oscuridad -y también para quien no lo sería. La oscuridad es la oscuridad, insisto. Las verdades y las cosas se dicen en esa su verdad a sí mismas, y se dicen en ellas mismas. Tal como son. La oscuridad, por tanto, como oscuridad. Con su imprecisión, su riqueza y su ambigüedad. Su sustancia plural, digamos. Está esta oscuridad quizá también en el espíritu, en el corazón, en las intenciones, y esta oscuridad es una verdad. Recuerdo que una vez que íbamos con mi padre a los juzgados, hacia el final de su vida, no sé cómo habló con el taxista y mencionó el pecado original. Ya sé que es una conversación extraña a tener con un taxista, pero también tuve yo una la vez pasada en Roma, y más extensa. Este taxista de Barcelona refutó esta idea, le vino a decir a mi padre que esto era una mamarrachada y no existía -el pecado original. Entonces mi padre le dijo si no creía que en el hombre, en el interior del hombre no había una inclinación al mal. Tuvo que aceptar que sí. Mi padre me comentó que se lo había dicho así, porque así no se podía no aceptar. Y, en efecto, lo aceptó -soy testigo-. Recuerdo esta formulación de mi padre y se la digo a Berta, como podrías entender también esta oscuridad como se diría el pecado original, si se entiende que es la inclinación que hay al mal. Y la hay. No le digo a Berta que esta es una formulación de mi padre y que se la dijo estando yo con él a un taxista, para no enredarla más. Sí que la oscuridad la podemos entender así. Y que es verdad. Y una verdad. Pienso también, pero no se lo digo, que en el libro anterior de Roma se hacía referencia a una afirmación también de Ramón Gaya, “La verdad es oscura”, y hasta se cerraba el libro en torno a ella. Oscura es la verdad. La verdad es oscura, y la oscuridad verdad. Es verdad y una verdad la oscuridad. Y con ella también se dialoga y se tiene presente en los poemas -como tal oscuridad y como verdad.

Berta me habla ahora de los vislumbres. Me dice que ha buscado lo que quiere decir en el diccionario de la Real Academia Española. Yo no lo he buscado, le digo. Yo sí, me responde, dando por sentado, me temo, que yo no lo había hecho. La verdad es que ni se me había ocurrido. Sabes lo que quiere decir una palabra desde el instinto, de una manera espiritual e instintiva, quiero decir, y por tanto imprecisa, pero en esa nebulosa de imprecisión acertada. Sientes lo que evoca y quiere decir. Berta me dice que es adivinar. Que hay varias acepciones, y entonces me las lee, y la que ella cree que es es ésta. Sí, desde luego, entre las que relaciona el diccionario. Está porque Ion de la Riva mencionó estos vislumbres en la presentación de Poesía en Roma en Roma, y lo hizo al acordarse de libro de Octavio Paz Vislumbres de la India, país en el que él, Ion, fue embajador, como Paz. Y yo sentí que lo decía de verdad y no como un dato de erudición. Y que estaba bien dicho, que respondía de verdad a algo que estaba y se daba en el libro, en sus poemas. Ion decía que los poemas eran vislumbres, se hacían de vislumbres. Que eran, a veces, un poco como fotografías, instantáneas -y este nombre antiguo de las fotografías las acerca más a los vislumbres. Un instante, un momento. Lo que se siente y percibe en un momento. Se vislumbra. La Directora de la Casa delle Letterature habló de Roma intervista a raíz de esta observación de Ion, de intravedere. Vislumbrar no es entrever, le digo a Berta. Está conmigo, y dice : no. Vislumbrar, como dices, es adivinar, percibir algo parcialmente pero en ese modo como primero y fragmentado, sólo con un indicio, percibirlo con acierto. Verlo ya en ese primer temblor, presentirlo. Sentirlo como un pálpito, y que ese pálpito sea verdadero, que lo que vislumbramos sea ya, en ese vislumbre, lo que es en realidad -y aún más en realidad, de un particular modo cuando lo vislumbramos. Es ver, el ver de la lumbre que hay en las palabras, y por tanto verlo de verdad. Saber verlo, adivinarlo ya en y con un indicio. La lumbre, la luz. Es luz, una luz que da sobre algo, sobre las cosas, y en que vislumbramos éstas en su verdad y aun antes de verlas del todo. Más o menos todo esto es vislumbrar, le digo a Berta. No lo podría explicar un diccionario, ni seguramente se le podría buscar una traducción precisa. Es una palabra muy particular -ella y lo que indica. Y que yo ya había usado en Poesía en Roma. Yo sentí ese día de su presentación en Roma que Ion decía una verdad, y que esto era y no -o no sólo- un dato de cultura, y por esto me acompañó y le di vueltas. Porque lo sentí una verdad -y Berta veo que también lo piensa, porque me dice : No, está bien. Pero, como le comento, ya estaba en Poesía en Roma. Luego, otro día, al hojear este libro, vi que en él ya se hablaba de vislumbres, se empleaba esta palabra seguramente ya con la conciencia de que no había otra, pese a ser tan singular. Es por esto que la sentí un acierto. Porque ya estaba en mí y sentidos también así por mí los poemas, o en parte al menos. Y por esto la recibí y le di vueltas, me acompañó. Porque, de hecho, ya era mía, también era mía. Le digo a Berta que es la frase de Pascal que se dice Cernuda al hablar de sí y su vida de poeta en Historial de un libro : No me buscarías si ya no me hubieras encontrado. Así mi dar vueltas y acompañar con mi pensamiento en este libro a los vislumbres. Berta me dice que gira en torno a ellos, los vislumbres, como Poesía en Roma lo hacía en torno al temblor. Entiendo que es su lectura. Que la completa y complementa así. Y seguro que está bien.

Berta me habla del poema en que sale la Accademia Nazionale dei Lince y le comento algunas cosas, porque veo que le ha dado curiosidad. Me dice que si lo que escribió en italiano para mí mi padre es la expresión “gradito dono”. No, esto lo dijeron ellos. Les mandé Hospital de Inocentes y respondieron con un agradecimiento solemne y que nos gustó. Agradecían el gradito dono, que puedes entender por donación. Pero nos gustó la respuesta. Y entonces les escribí y pregunté qué publicaban, y si considerarían la posibilidad de publicar algo mío, y cómo podía hacer. Me respondieron de nuevo, y me enviaron un opúsculo en que estaban sus publicaciones y las normas a las que había que someterse para que consideraran la publicación de algo. Tenías que hacer una presentación en italiano del texto que sometías a su consideración, quizá también una presentación o líneas biográficas. Tenía que ser en italiano y yo no tenía italiano para esto. Pero sí mi padre. Así que yo escribí esta presentación mía y del texto en castellano y él la tradujo al italiano. Yo hablé en ella de mi quehacer literario. Porque no es trabajo, no es obra, es actividad, pero de una manera, sí, particular. Hablamos de quehaceres domésticos, pero si decimos quehacer del artístico es entonces otra cosa. Pero es también quehacer. Algo particular. Mi padre comprendió bien ese matiz y se hundió en su memoria para encontrar una palabra que respondiera a él, y ésta fue cosifare. Y me lo hizo notar. Que creía que la palabra tenía que ser ésta. Así que la palabra que encuentra y me dice mi padre para que la escriba a los académicos dei Lincei, a los linces, es ésta, cosìfare. Berta entiende. Le digo también que creo que lo que mandé eran poemas, con esta presentación traducida al italiano por mi padre. Que no sé si la publicaron, supongo que no. No supe nada. Berta me pregunta entonces por el significado, por lo que quieren decir los últimos versos del poema : Allí mis libros : Hospital de Inocentes, Poesía en Roma. Y le explico. Que les envié Hospital de Inocentes. Pero que no les mandé más libros, porque no pensaba que en esta Academia fueran a irse ocupando de mí. Pero que sí les mandé Poesía en Roma. Porque es un libro sobre Roma y escrito en Roma, y pensé que tenía que estar allí, en la Academia más antigua que hay en ella -y en Europa. Es como si publicas un libro y lo mandas a la Biblioteca Nacional o a la Academia Española, porque quieres que lo tengan. Que esté allí. Así que estos son los dos libros míos que tienen en la Accademia dei Lincei, porque son los dos que les envié. Esto quiere decir. Comprendo -y así se lo digo- que es algo que para otra persona resulta demasiado velado, es algo (me lo hace ver, pero no piensas en esto ni en nada cuando escribes, y ya está bien por ello que esté así) que casi sólo está claro para ti.

“La figura de tu padre me ha encantado”, me dice Berta. Que coincidiera con Pla y Alfonso XIII. Lo que cuenta de Alfonso XIII, vuelve a decir. Parece que le ha llamado la atención. Es así. Y el recuerdo de él se da de un modo espontaneo, y se da en Roma, como no se podría dar en otra parte. Estás ante la tumba en que estuvo enterrado Alfonso XIII y te acuerdas de que él contaba esto. Hay muchas escritura, y hay cosas que salen en otro sitio, pero salen aquí, en esos poemas y días en Roma, en esta otra vez Roma y los encuentros que en ella se dan. Y que me recuerdan y me sale en ellos al paso la vida que aquí, en ella hizo mi padre. Era una persona que tenía poco que ver con sus hermanos, le digo a Berta. Le tocó ya tan joven estar en una situación distinta, y que es algo que marca una vida. Sus hermanos iban al colegio, a los jesuitas y al Sagrado Corazón de Roma, pero él ya había acabado el colegio cuando empezó la guerra. En Roma, pues, ya no iba a ir al colegio. Lo emplearon los jesuitas en trabajos de archivos, y tenía que recorrer la ciudad caminando de punta a punta, no eran tiempos para gastar en autobús. Esto es una experiencia distinta. Estos trabajos por precios misérrimos y muy fatigosos en que te emplea la iglesia, y más si eres joven. Ya había trabajado en esto en Barcelona. Porque se acababa el colegio a los 16 años, y cuando empezó la guerra él ya lo había acabado. En su casa pensaron que tenían que ocuparlo y que trabajara en algo. Mi abuela, su madre, conocía a Duran Sampere, y por esto lo incorporaron para trabajar en los archivos de Barcelona. Esto lo sabía por él, pero ahora he encontrado la prueba. Un estudioso que ha hecho la tesis doctoral sobre los archivos históricos durante la Guerra Civil incluye una lista de trabajadores y colaboradores en él durante la guerra. El director es Duran Sampere. Mi padre consta entre los colaboradores. Tenía 16 años. Me alegra haber encontrado esta prueba. No sé cuáles eran exactamente los archivos y trabajos en que lo ocuparon en Roma, y no lo tengo aquí para preguntárselo. Sí he encontrado la prueba de que ya trabajó en esto en Barcelona, antes de ir a Roma. Hago constar también que hay prueba de ese libro que quiso escribir toda la vida y sobre el que se documentó en Roma, Tumulto in Trastevere, y es por esto que digo que constituyó su discurso de ingreso en la Asociación de Bibliófilos de Barcelona, y que consta en el programa impreso de ese día. Y los asistentes lo oyeron. Lo digo porque si no parece que sea una cosa que dices tú, le digo a Berta. Y he encontrado esta otra prueba. Pero esto es otra experiencia que ir al colegio en Roma. Y luego ir a la guerra. Berta me pregunta por los versos en que dice que cogió un cascarón en Génova. Cascarón, sí, un barquichuelo, un barco frágil y cutre. Ya lo pensaba, me dice. Es, supongo, la palabra que usaba y con que lo decía él. Por esto está también en el poema de La poesía es un fondo de agua marina en que se habla de esto. Porque esto ya está in nuce en un poema de La poesía es un fondo de agua marina. Es un poema muy singular, pero puede dar idea de su significación el que Rafael Lozano, mi amigo y periodista de La Vanguardia fuera el que escogiera para leerlo en la presentación de este libro en Barcelona. Pese a ser un poema muy largo. Yo pensé, cuando me dijo que iba a leer este poema, que no podía haber escogido un poema peor, en el sentido que no había poema que fuera más personal y biográfico, y en este sentido más comprometido que éste, y que iba a hacer que me sonrojara mientras lo leyera, por un elemental pudor, como así pasó. Pero esto no quita el acierto de Rafael en esta elección. Porque supo ver cuánta vida había allí, en este poema, cuánta raíz, cuánta raíz y fundamento de mi vida ese poema contenía. Y en ese poema ya está mi padre y está Roma, y apunta lo que son ambos -unidos, juntos- en mi vida. Así que ya está. Y en Roma esto se hace motivo y presencia continuos, y es natural. Se da una situación en que algo que ya está se desarrolla y se extiende. Pasó la vez pasada, pasó quizá aún más esta vez. Son otros sitios de Roma, porque me alojo en la Academia, y por tanto me pateo más el Trastevere, precisamente, porque entro y salgo por él. Paseo más por los sitios que están cerca de donde me alojo. Y, en muchos, el recuerdo y la presencia de mi padre.

En ese poema escrito el año 2009 está mi padre y está la guerra y está Roma. Está en él también la palabra cascarón, el cascarón que él así nombraba y cogió en Génova para ir a la guerra y por el que me pregunta Berta. Se oyó en Barcelona cuando se presentó este libro, La poesía es un fondo de agua marina, en la lectura que de este poema hizo Rafael. (“Voy a volver a leer todos los libros”, me dice, simpática, Berta). Allí, sí, está la guerra. Ese poema dice que mi padre no estaba orgulloso de su experiencia en la guerra. Bueno, a él le estafaron le digo a Berta. Él era demócrata y combatió al lado de los que luego crearon algo que detestó, una dictadura militar. Porque él era demócrata. Católico y demócrata. No podía ver a los falangistas, y por esto combatió con los carlistas con las Brigadas Navarras. Porque pensó que se sentiría mejor con ellos. Eran católicos, y los otros eran fascistas. Aunque un chico de la burguesía de Barcelona, demócrata, tenía poco que ver con un navarro de las montañas. Pero escogió ir y estar con ellos, y lo hizo con convicción, con el pensar que se sentiría mejor con ellos. Berta me pregunta y yo le hablo. Le digo que hubo quien no tuvo acomodo y fue perseguido por los dos bandos, o al menos no les gustó y no lo consideraron de los suyos, y así pasó a mi padre. Si eras católico, ya sólo por esto a los rojos o los republicanos -digámoslo como queramos- no sólo no les gustabas sino que te mataban. Parece que esto no se ha hecho, y esto es algo que no se podía aceptar y no se puede aceptar. Que te mataran por ser cristiano. Y, para los franquistas, si eras de un cristianismo abierto, que contemplaba como necesaria la acción social, eras un izquierdoso, y estabas muy lejos de su catolicismo de pantomima, sólo aparente y como parafernalia. Paul Preston, le digo a Berta, ha hablado de las tercera España. Porque te hablan siempre de las dos Españas, pero hubo también una tercera España, a la que agredieron las otras dos. Mi padre era de la tercera España.

Sale en ese poema que combatió con los carlistas y no con los falangistas, de los que decía y pensaba que eran unos señoritos con pistola. No los podía ver. Su promoción fue la de la guerra, y por esto hicieron la carrera de Derecho en tres años en vez de en cinco, de manera intensiva, porque la guerra les había impedido cursarla. En esa promoción había gente muy conocida, como, por ejemplo, Laureano López-rodó. En la Facultad a veces iban los falangistas a provocar y armar bronca. Cuando se sabía que iban a ir él iba con la camisa caqui de soldado, de combatiente. Porque ellos, los falangistas, iban con su camisa azul de señoritos y producían altercados y atemorizaban, pero no habían hecho nada. Él se había jugado la vida.

Fueron vidas partidas por la guerra, la de muchos. También la de mi padre. Y la de muchos. Pienso en Salvador Espriu y le menciono su caso a Berta. Él había estudiado y se había preparado para ser profesor de Historia antigua, era lo que quería ser y hubiera sido un (estupendo) profesor estupendo. Pero ya se había significado como escritor en catalán, fue un escritor conocido ya muy joven en la República. No había hecho nada, pero esto ya le vedaba el acceso a la Universidad franquista -el acceso y la voluntad. Y fue pasante de notario, que era un trabajo que odiaba pero el que consiguió, y lo tuvo por ser hijo de notario. Mi padre, por no ser franquista, tampoco pudo tener acceso a nada de cariz público, como la Universidad, que hubiera sido un camino natural para una persona de sus condiciones, y tuvo que ganarse la vida ejerciendo el Derecho privadamente. Berta me pregunta. “Te lo digo para que te hagas una idea de la imagen y el respeto que había por mi padre. Porque a veces un ejemplo vale más que mil palabras”, le digo y resumo tras contarle que López-Rodó vino a casa para pedirle que fuera con él en las listas de Alianza Popular. Mi padre pensó que eran los franquistas que se presentaban y buscaban al compañero que no lo fue y que había sido demócrata siempre de verdad, y no quiso. Se fue como vino. Pero se molestó en venir a casa a pedírselo, un hombre que había sido todopoderoso con Franco. Pero él había tenido todos los enchufes y todos los honores del régimen. Lo veo entrando en casa, en nuestro piso de Diagonal para pedirle a esto, le digo a Berta. Y también la razón de porqué se lo cuento. (Pienso para mí, pero no se lo cuento, y por esto lo escribo entre paréntesis, que los franquistas reciclados fueron quienes siguieron estando en los sitios y teniendo los resortes del poder, porque la gente era franquista y por esto quienes hicieron camino fueron los que en el fondo lo siguieron siendo. Franquistas reciclados en socialistas, en lo que sea. Y los que de verdad no fueron franquistas siguieron sin gustar, quizá porque recordaban que ellos -que eran en su reciclaje quienes seguían en los sitios- sí lo fueron. Y en parte, o en casi todo, por esto seguían allí. Así siguió sin gustar mi padre, también por no haber sido franquista, y pienso que quizá incluso también yo y por lo mismo, por ser hijo de un verdadero no franquista).

A Berta le ha llamado la atención y le ha interesado la figura de mi padre, y por esto me parece que le gustaría saber más de él. ¿Qué puedo encontrar ?, me dice. También que no sabía cómo buscarlo, no va a poner “padre de Santiago Montobbio”. Juan Manuel Montobbio Jover, le digo, porque es su nombre. También que poco. Que hay y sale poco. Podrá encontrar, por ejemplo, alguna referencia a su tesis doctoral. La hizo a sus 74 años, le digo a Berta. ¿A los 74 años ? Sí, con toda la carrera y la vida profesional hecha. Creo que ya te lo conté, quizá cuando tú me dijiste que tu padre se había entregado a traducir a Gibbon al jubilarse, y que esperaba la jubilación con ilusión para esto. Me gustó muchísimo que hiciera esta labor, y él me contó -y Berta, y su madre-, al dedicarme el primero de los dos espléndidos tomos en que se publicó su traducción Jacobo Siruela en Atalanta, con qué pasión, con qué absoluta entrega se había a ello dedicado. Sí, me llamó la atención y me gustó muchísimo, y creo que entonces le conté a Berta que mi padre hizo la tesis doctoral mayor, a los 74 años, como ahora le vuelvo a contar. Que hizo los cursos de doctorad y se examinó en la Universidad Complutense de Madrid, porque en su época sólo podías hacerlos y doctorarte por esta universidad. Pero luego no hizo la tesis. Siempre quiso hacerla, pero, ya sabes, se lo impidió la vida, el trabajo. Los que habían hecho los cursos de doctorado en su época -y después- podían presentar la tesis en cualquier momento, pues fue mucho más tarde la normativa que hacía prescribir los cursos y se daba un plazo para presentar la tesis después de hacerlos. Así que había una población flotante de personas -mayores- que podían presentar la tesis en cualquier momento, y para regular esta situación y acabar con ella se les dio un plazo para hacerlo, y pasado éste ya no podrían presentarla. Un catedrático de Derecho Civil que fue su pasante, Carles Maluquer de Motes, le avisó de ello, pues sabía que mi padre quería hacer la tesis. Y se puso a hacerla, y él se la dirigió. Yo lo tuve de profesor. La hizo sobre la rabassa morta, una tema de Derecho civil catalán y también de Cataluña. Una historia, como se destacó el día de la defensa de la tesis, que él había vivido. Ya sabes, los rabassaires, la Unió de Rabassaires, la fuerza que tenían y el conflicto político que causaron, y la rabassa morta, esa figura jurídica singular, pues es un arrendamiento pero de plazo muy largo, de 50 años, de las viñas, por lo que los rabassaires son arrendatarios, sí, pero muy particulares y tienen una inusual fuerza. Él, adolescente, vio cómo su tío Lluís Jover i Nunell, que era Conseller de Governació de la Generalitat de Catalunya, hacía anotaciones a esta ley. Su tío Lluís Jover fue uno de los fundadores de Unió Democràtica, y muy amigo de Carrasco i Formiguera. Mi padre fue su pasante, y empezó a ejercer el Derecho con él. E hizo la tesis sobre la rabassa morta. Te puede salir alguna ficha de la tesis en la Universidad de Barcelona. Y luego escribió un libro, un libro que escribió de un tirón con el mismo título y tema un verano, y que publicó la editorial Bosch, una importante editorial de libros de Derecho, en su colección “Letras y Letrados”. Te puede salir este libro. También algo de trabajo, su nombre en alguna sentencia del Supremo en el que actuó como abogado, porque ahora estas cosas se han digitalizado. A veces hay alguna mención. Mía, o de otros. Un día, al abrir hace poco -unos años- un número de El Ciervo, mi madre se fijó en una de las cartas de los lectores. Este veterano lector de El Ciervo decía que el primer número que leyó de la revista fue aquel en que Juan Manuel Montobbio Jover entrevistaba a La Pira, y que se suscribió a la revista. Así que para este lector y suscriptor estaban muy vivos el nombre y la memoria de mi padre. Esa entrevista fue un hito, pues mi padre consiguió entrevistar a este médico humanista y legendario alcalde de Florencia allí, en Florencia, y también que dijera que le parecía conveniente una monarquía para España, lo cual valía tanto como decir entonces -en pleno franquismo, en 1958- una democracia. Fue la primera vez que esto se publicó a las claras en la prensa, y pasó porque lo decía una personalidad como La Pira. Fue portada de la revista. A veces, sí, hay alguna mención a algo que hizo, como ésta que recuerdo ahora. Pero hay poco, y poco es lo que le digo a Berta que puede encontrar.

“Tú te llevabas muy bien con tu padre”, me dice Berta. Sí, le digo. Cuando murió le eché mucho de menos, porque yo hablaba mucho con él. Me quedo aquí en lo que le digo, pero yo sé el vacío que sentí, y sé la compañía y también el goce y el disfrute que era y había en el hablar con él. Su razonar y su discurso de gran hombre -pero hombre de verdad, entendida esta grandeza como hondura intelectual y moral-, sus expresiones y razones certeras y acertadísimas, su alumbrar con un comentario o un pensar. Goce y disfrute en el que nos acompañábamos. Porque, también hacia el final de su vida, mi padre me dijo que yo era el interlocutor con el que mas había disfrutado al conversar. Y él había hablado con mucha gente. “Murió en San Pablo”, me dice Berta. “Sí”, le digo, de modo escueto, y nada más. Berta me lo dice porque así sale en uno de estos poemas de Barcelona que se han podido volver a leer desde Francia y también quizá porque es un lugar familiar para ella, pues en San Pablo trabajó su madre. No le digo más. No le digo que yo llegué allí, a San Pablo, de París, con él recién fallecido. Mi hermana Elena estaba en la entrada, sentada en un banco, desconsolada y rota, y me dijo que había muerto. Hacía poco, acababa de morir. Yo no sabía si iba a llegar para despedirme. Llegué y le di un beso, él ya frío pero con expresión plácida y serena y vivo en mi recuerdo. Yo estaba en París porque había ido a leer allí poemas en su Maison des Écrivains, algo que alegró a mi padre. Así que me había ido hacía dos días para esto y fue entonces, por tanto, cuando nos despedimos. No tenía que morir entonces. Tenía -según nos dijeron- unos meses aún de vida. Yo asistía a su deterioro y a su acercamiento al final, y esto es duro. Le acompañaba con mi madre a las últimas quimios, a primera hora de la mañana, porque él ya estaba débil para esperarse o entrar solo y así iba con mi madre mientras yo iba a dejar el coche. Meses duros así. Por esto pensaron en casa que era una buena cosa esta invitación a ir a París, y que me airearía un poco y me animaron a que fuera y por eso fui. Pero llegó sin avisar la muerte. La muerte en medio de la poesía, de la poesía que ella impide decir. Igual que trae dolor y silencio. Lo recuerdo, pero solo le digo a Berta que sí, que murió allí. En el Hospital de San Pablo. Como también sólo esto dice el poema.

¿Cómo se conocieron tus padres ?, me dice Berta. Su curiosidad llega a algo íntimo, pero todo es íntimo, y más en mi poesía. “En el Liceo”, le digo, además de que se llevaban 14 años -él era de 1920, ella es de 1934-. En casa tenían un palco de los Girona e iban mucho. También he ido yo con ellos, con mis padres, mucho de niño. Mi padre era muy aficionado a la ópera e iba. Aparte, le hago notar a Berta, que Barcelona era una ciudad pequeña entonces en lo relativo a según qué ambiente, era una sociedad cerrada en que todo el mundo de la burguesía se conocía y se encontraba. Esto luego ya no ha sido así. Pero entonces era así.

“Tú te llevabas muy bien con tu padre”, me ha dicho Berta, y esto, creo, no es una afirmación ligera y creo que ella tampoco lo ha dicho así, sino una verdad profunda y que también así ha sabido ver. Recuerdo que en algún informe del colegio, siendo yo niño, destacaban lo bien que me entendía con mi padre y que podría darse una relación muy beneficiosa para mí y fecunda entre los dos. Y así fue. Colaboró conmigo en muchas cosas que hice en el colegio, respaldándolas y dándoles más aventura, una aventura ya intelectual. Lo recuerdo sin querer y también sin querer pienso que esta colaboración ha continuado, y lo ha hecho en estos inesperados poemas de Roma en los que él tanto está. Sin quererlo yo ni haberlo decidido ni planificado. De modo imprevisto e inesperado, espontaneo aparece, como le decía a Berta. Le comento ahora que no tenía intención de escribir, que más bien iba con la de no hacerlo. Pero que luego, una vez hecho, una vez dados y cumplidos, escritos ya estos nuevos poemas de Roma, sentí que así tenía que ser. Este sentimiento tuve y lo expresé en algunos de estos poemas finales. Berta asiente. Porque tienes este sentimiento que es una convicción y me llega y se alcanza cuando ya se ha dado. Cuando ya se han escrito estos poemas. Entonces sabes que se tenían que escribir, que los tenías que escribir y que escribirlos así, que los anteriores los llamaban y los pedían. Le digo también que esta vez son otros sitios, porque me alojo en la Academia, y esto hace que me patee más precisamente el Trastevere, porque entro y salgo por él. Paseo más por los sitios que están cerca de donde me alojo.

Si, me dice. También me dice que en este libro hay una exaltación de la vida, de la dicha de vivir en las cosas pequeñas, y que ella ha sido especialmente sensible a ello. Somos distintos en momentos distintos y por ello el mismo libro nos diría en otro momento otras cosas, otras son las que nos llegarían y nos impresionarían, le digo, y ella asiente. Y también le comento que esto que dice es especialmente cierto y se da también especialmente, de modo extremo, en Roma y los poemas que despierta, y en este libro. Roma extrema y hace ser de manera más intensa cosas que ya estaban en mi poesía, pero que ella hace estar y sentir más. Lo sé, lo hemos dicho, pero ahora me lo dice de nuevo Berta, y desde una experiencia personal. Me dice también que ya no me dice más, porque sino ya me habrá dicho todo lo que va a decir en su texto de presentación del libro. Y que ya me lo mandará.

Voy a buscar entonces el original del poema que me ha comentado Berta, en el que hay algo oscuro y que resulta extraño y que puede tener alguna explicación o razón. Es, si recordamos, el o los versos Camino/ cuando ando. Estos poemas están en la libreta en que empecé a escribir, en que escribí los primeros poemas de esa vez en Roma, y que precisamente me regaló Berta y tiene pintado el puente de Triana. Las razones pueden ser diversas, razones para erratas o errores o cosas incomprensibles o extrañas. También, sencillamente, la mala letra, por escribir de pie o de manera incómoda o simplemente muy deprisa. De escribir tanto se me está poniendo letra de médico. Se lo decía a Berta el otro día, cuando le escribía una dedicatoria a su prima María en mi libro Nicaragua por dentro, cosa que hacía con cuidado para que se entendiera. Pero recordé y les dije que cuando vi a Ester Abreu me dijo que no había entendido nada de la larga dedicatoria que le había escrito y mandado en mi último libro a Brasil. Y la había escrito con cariño. Pero no se entendía. Las prisas, la mala letra, estar de pie, la razón que sea. Pienso en algún error del que voy a encontrar la razón y al leer el poema en su original, que es algo que nos suele eliminar esta duda, veo que está de esta manera rara que me ha dicho Berta : Camino/ cuando ando. No hay un error de transcripción del original, el original está así. Es, por tanto, otro tipo de error, debido también a la prisa, a escribir de manera tan vertiginosa, y es que al hacerlo a tanta velocidad pienses y pongas ya la palabra siguiente, la pongas dos veces. No es esto lo que quería escribir y tenía que escribir. Tenía que haber escrito : Escribo/ cuando ando. Es así y estoy seguro porque recuerdo perfectamente que estaba escribiendo mientras andaba en esa calle, y eso es lo que quiero decir en ese poema. Ese andar y escribir tan volandero -literalmente- me hace escribir ese error, con ese error. Pero yo me veo escribiendo ese poema mientras ando y sé que ha de ser así. Que éste es un error, digamos, mecánico, que puede producirse en la actividad de escribir si se da así y que a veces se ha producido. Como ésta. Pero mi memoria de esos días de Roma y mi escribir allí poemas es segura y cierta y por esto puedo dar esta explicación y no dudar y saber cómo solventar este error o errata.

“Las erratas son mi única esperanza”, dijo Borges y he contado que se lo oí decir a Juan Goytisolo en la Universidad de Barcelona cuando era adolescente. Es obvia la gracia de esta boutade, y hasta la verdad que puede haber en ella -como sucede muchas veces. Aunque seguramente hay una falsa modestia en esta ocurrencia de Borges, pues da a entender que pueden mejorar el texto, que agradecerá esas mejoras que de manera azarosa procuran, porque éste la necesita. No sé si diría que las erratas son mi única esperanza, como Borges, pero sí que les tengo simpatía, y que creo que pueden darnos que pensar, que incidir o dar luz sobre un aspecto, a veces crucial, y hacerlo de manera fortuita y casual. Y que pasa ahora, en este caso. Ahora lo veo, al ver el verso como a Berta le ha extrañado : Escribo/ cuando ando. Les he tenido siempre simpatía a las erratas, como digo, y me las he tomado bien. Así pasó y me lo tomé, como contaba, cuando vi que en mis primeros poemas publicados en uno de ellos, y crucial, estaba en una copia en la que al transcribirlo me había saltado unos versos. Puede ser una curiosidad o elemento de interés. Pero esto es otra cosa. Esto ilumina, y lo hace sin querer, un aspecto crucial. Precisamente porque se advierte que hay aquí un error o algo que está mal -como ha advertido Berta- conduce a cómo ha de ser en realidad y la particular verdad que hay en ello. Ha de ser Escribo cuando ando y no Camino cuando ando, obviamente es así. Pero este error llama la atención sobre ello. Sobre este escribir mientras se anda, y que se ha dado tanto en Roma -he escrito en ella muchos poemas así-, y quería decir este poema mientras así lo hacía : Escribo cuando ando. Creo que este error, que esta equivocada duplicidad del mismo verbo -caminar y andar-, que nos lleva a precisar la realidad, que es escribir al andar, cuando ando, nos hace, al obligarnos a volver sobre ello y precisar esta particular verdad, alumbrar este fenómeno y esta realidad que es escribir cuando se anda, Escribo cuando ando, como ha de decir en realidad el verso. Y que queda así en su errata para preguntarnos por ello, por cómo ha de ser el verso, como le ha sucedido a Berta, y nos haga tener más presente esta realidad. Pienso ahora que esto invita a comentarlo, a escribir un comentario, y pienso que lo podría hacer. Y se lo digo a mi madre. Ella me dice : para los que no se lo creen. Porque un día de esta semana ha llegado una reseña de Poesía en Roma publicada en una revista de Cuzco, Perú. Sabía que un poeta peruano tenía el encargo de escribirla, pero no me habían mandado la revista y me he interesado por ella. En su respuesta el director me la ha enviado en pdf por email. El poeta y crítico comenta su desazón y transmite su sensación de desespero ante un libro así, también de asombro y hasta una sensación de inutilidad de lo que ha sido su vida como poeta, profesor y crítico, y la de todos sus esfuerzos y estudios en la poesía en castellano. Esto le hace sentir, pensar y decir al encontrarse con un libro así, con este libro mío, Poesía en Roma. Le asombra y no se lo cree. La crítica no está del todo mal, se nota que quien la escribe es verdad -como nos ha dicho- que ha leído y tiene conocimiento en materia literaria, pero sencillamente no comprende el libro y está equivocado, porque sencillamente no contempla posible ni cree verdad el modo en que se ha escrito. Dice que el yo que habla en los poemas es un personaje y no el autor, la persona que escribe. Es otra cosa, es una ficción, como todos sabemos, como sabe todo aquel que sabe de literatura, nos dice y viene a decir. Recuerdo la espléndida reseña de José María Balcells de Poesía en Roma, y en la que hace apreciaciones muy acertadas, y entre ellas destaca este aspecto. Pero con acierto. Y por esto, para situar la singularidad de mi poesía, la diferencia en esta parte -que resulta capital- de la de los poetas de la poesía de la experiencia, porque en sus poemas habla un ser ficticio -como pensaba ha de ser y no hay otra posibilidad el crítico peruano-, mientras que en mi caso lo fictivo y la persona real, de verdad, se unen y son uno. Habla quien escribe, es la misma persona que escribe la que nos habla. Balcells destaca la sinceridad y originalidad de esta propuesta y esta praxis, el plus de sinceridad que aporta por ello, y su espiritualidad. Comenta con acierto y no duda de los procederes que detalla el libro se emplean para escribir los poemas, y que así se escriben de pie, andando, incómodamente sentado en una piedra o donde sea, y dice que son procedimientos que han empleado otros autores, como -creo recordar que dice- Miguel de Unamuno cuando escribía su Cancionero o Rafael Alberti cuando elaboraba su excepcional libro Versos sueltos de cada día. El crítico peruano no tiene estas referencias y no contempla esta verdad. Cree que es imposible haber escrito esos poemas en esos días y que los he escrito después, y que tengo un empeño o manía de realismo en detallar los sitios en que estoy o por donde voy, para que nos creamos que estamos y estoy allí, cuando no es así. Y sí es así, la sencilla verdad es que estoy escribiendo justo donde digo que estoy, en ese momento y allí. Como sí comprende Balcells. Pero hay a quien le asombra y no lo cree, como dice sin disimulo este crítico. Bueno, creo que él no duda, sencillamente no contempla otra cosa como posible, y se cree que es muy sagaz y muy sabio en hacérnoslo notar. Por esto mi madre me dice : para los que no se lo creen. En alguna presentación de algún libro hay quien ha cuestionado que sea posible escribir así como escribo, de corrido y sin tachaduras, en cualquier sitio, vemos que hasta andando. Y mi madre ha tenido que decir que es verdad y ella es testigo, porque he escrito a su lado de esta manera y ella lo ha visto y puede dar fe. Y este verso con una palabra equivocada, cosa que pasa, precisamente, porque lo escribo cuando ando, como el verso quería decir y debe decir y en realidad dice. Escribo cuando ando. Así escribí, mientras andaba, andando, de pie, este verso en una calle de Roma.

Roma extrema y hace más verdad cosas que ya están en mi poesía. Lo sabemos, y es así, y este escribir andando por sus calles lo puede especialmente mostrar. Le digo a mi madre que podría escribir un comentario a raíz de este verso -Escribo cuando ando- y mi conversación con Berta ayer sábado, y se lo digo esta mañana de domingo, justo cuando acaban de actualizar, como suelen, los contenidos de Revue d’Art et de Littérature, Musique, de la editorial francesa Le chasseur abstrait éditeur. Y veo entonces que han publicado como un comentario de su foro Masse critique el mensaje en que he comentado la creación en la revista de este foro y he acompañdo los poemas que seleccionaron en su revista T&P78 de La poesía es un fondo de agua marina y por los que me concedieron su Prix Chasseur de poésie 2012. Recuerdo entonces que con motivo de esta noticia de la concesión del Premio y las razones que daban para ello escribí un texto en prosa, titulado “Barcelone en flanant”. Y pienso que puedo buscarlo y pueden publicarlo ahora como comentario a la publicación de los poemas en ese número de la revista -que han digitalizado y han hecho de acceso libre, como todos, con motivo de la creación de Masse critique- o a la noticia de la concesión del Premio. Y busco el texto, para el que escribo una “Nota para Masse critique” que lo preceda y lo envío. Y pienso que el texto en prosa que escriba ahora sobre los poemas de Roma podría también publicarse como comentario al texto que escriba Berta sobre este segundo libro de Roma, Vuelta a Roma, que aún no conozco pero del que tengo algún atisbo. EN Revue d’Art et de Littérature, Musique pueden publicar, como otras veces, las intervenciones del día de la presentación del libro en Barcelona, las de Rafael, Berta y Javier. Y podría publicarse después, como comentario a ellas en Masse critique, o al texto final de Berta, el que yo escriba. Y que aún he, como ella, de escribir. Pero encuentra allí ya su lugar. Todo encuentra al final su lugar, lo va encontrando, así te parece a veces que sucede. Así el andar y el escribir. El escribir mientras se anda, y también como una respiración. Escribo cuando ando, y como respiro. El texto que propongo publicar como comentario a los poemas de Barcelona publicados en la revista francesa en 2012 tiene este texto, “Barcelone en flanant”, porque en los motivos del jurado para la concesión del premio unen escribir y paseos y destacan la experiencia singular que es mi escritura. Saben percibir esta verdad y destacarla y decirla como tal verdad. Pienso que en el poema final de La poesía es un fondo de agua marina, dedicado a Gerona y que está en esta selección y la cierra, aparece Roma, y es algo que he recordado y a lo que me he referido en Vuelta a Roma, en alguno de sus poemas finales del libro. Porque muestra cómo y hasta qué punto Roma es una medida mía, y una medida del corazón. Roma ya está allí, en esos poemas escritos diez años antes. Roma está ya y se encuentra en ellos como verdad y en su verdad. Y en Roma mi poesía se encuentra y da en su verdad más extrema, y así ese unir los paseos con el escribir que destacaban en Francia y daban como motivo para concederme el premio de la editorial, y que yo comentaba en mi texto y le daba por ello el título de “Barcelone en flanant”, se hace aún más verdad en Roma y se da en ella de modo más extremo, y así en sus calles, en las calles de Roma, escribo cuando ando, como dice el verso en su verdad y pienso que no puede tener otro título este improvisado comentario y colofón a él que me ha traído de modo inesperado la vida y por la luz que da en su particularidad este verso tal como lo escribí en una de sus calles cuando andaba.

Barcelona, 25 y 26 de febrero de 2020

 

P.S.

Me escribe Berta un mensaje mientras vuelvo a Barcelona de pasar el domingo fuera con unos amigos. Me dice que ha hecho un primer texto y que si quiero pueden enviármelo. Añade : seguramente cambiaré cosas. Pero más o menos es la idea. Yo respondo : Muy bien. Y me lo envía. Voy en coche y le digo que ya lo leo cuando llegue a casa. Tardo más de lo previsto porque hay cola de entrada en Barcelona.

Leo el texto al llegar, y pienso, al leerlo, cómo se depuran las cosas, cómo se quintaesencian y encuentran su expresión perfilada. Berta me dijo, tras hablar el otro día, que ya me mandaría el texto, que no me decía más y que ya leería en él lo que quería decir. Hablamos bastante o mucho, pero nuestra conversación no está detrás, el texto ya estaba hecho por ella, en su adentro, como el libro hecho suyo. Y lo da el sentido y para hacer notar. Berta habla en el texto de la precisión de Roma, que da Roma. También se la ha dado a ella y quizá es que ya la tiene. Seguramente. Hablamos de los vislumbres, y de nuestro cambio de impresiones sobre lo que éstas puedan significar y se queda condensado de manera perfecta en una línea. Así sentimientos hondos, pensares profundos, se dicen con una gran sencillez y concreción, y a la vez profundidad en éstas. Ésta es la lectura y la visión de Berta ya en su texto escrito y que he podido leer, y me asombra en su depuración, en su finura y en su profundidad unida a la sencillez y sin alardes. Dice de modo muy sencillo que le ha sorprendido las líneas que dedico a la bondad, el modo en que me acuerdo de ella. De un modo muy acorde lo menciona ella. Con asombro y sencillez. Al releer el libro en pruebas es algo que también me sorprendió a mí, el haberlo escrito. Me sorprendió como le sorprende ahora a Berta. También con asombro y sencillez. Se lo comenté a una amiga y creo que lo escribí en algún sitio. Como ahora Berta ha escrito, de su pensar y convivir con el libro, este comentario. Para lo que habló conmigo, para precisar alguna duda, conversación que está detrás pero que no se percibe en el texto y él quizá no necesitaba. Escribí de ello. Pero escribes y lo que escribes es otra cosa. Así el largo texto que yo escribí, dando vueltas a las cosas de la poesía y de Roma, resulta quizá extraño ante este texto conciso y vibrante de Berta. O quizá no lo resulta. Las cosas tienen a veces detrás una larga noche. Hay batallas en campo de plumas y hechas de palabras y meditaciones solitarias, profundas y escondidas que sentimos quedan detrás y están detrás, pero que son necesarias que hayan sido para poder escribir después algunas líneas precisas. Es lo que puedo decir y pensar al leer ahora éstas de Berta.

Barcelona, 2 de marzo de 2020

 

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