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 Article publié le 17 février 2019.

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Desperté temprano.
En Lativia amanece casi siempre igual y ese día no era la excepción.
Revisé mi celular sacándolo del bolsillo.
Lunes 4 de Septiembre de 2021.
Faltaban pocas horas para las cuatro y mi mente giraba sobre el dichoso discurso que tendría que pronunciar sin errores ante la junta de consejo.
Mi esposa, bueno, aclaremos, ex esposa no hubiera soportado mis indecencias y me hubiera reconvenido severamente por mis excesos.
La noche anterior bebí como cosaco, como diría mi padre, y aprovechándome de mi estado me excedí en comentarios cáusticos, aunque yo sabía en mi fuero interno que no estaba tomado y apenas comenzaba a deslizarme hacia una sórdida inconsciencia, de modo que no podría culpar al alcohol de mis palabras soeces ni comentarios mordaces.
Por eso, despertar esa mañana fue sólo un ritual más, convencido de que mis excesos no eran más que muestras de mi indolente personalidad.
Le había robado su identidad a la ejecutivo CEO de la empresa en Moldavia, a pesar de que ella me había recogido cuando, huérfano de madre, mi padre me rechazó como motivo de la muerte de mi madre, su esposa, a la que en el parto había asesinado… Bueno, esa era la versión de mi padre. Narsia, la CEO que se compadeció de mi vulgar estado indefenso, siempre me trató coin suma deferencia quizá porque ella deseó con todas sus fuerzas tener un hijo varón y nunca se lo concedieron.
Aun así, aunque me rodeó de mimos y cuidados, mi envilecida mente hizo de las suyas y la despojé de su identidad virtual, lo cual significó su derrumbe ya que fue despedida y todas sus cuentas congeladas, ante mi arrobo porque disfrutaba del displacer a mis anchas.
El placer de destruir.
Era experto en dejar mal a quien me ayudara.
En la Isla de Lesbos, abundaban las mujeres, mientras en mi sórdido mundo de traiciones y maldades, reinaba un espíritu de escarnio y abusos.
Apenas logré consolidarme en Keriot, una multinacional dedicada a la compraventa de inmuebles en todo el orbe, pero que en realidad era fachada de grandes lavadores de dinero y delitos de toda clase desde trata de blancas hasta tráfico de opiáceos, logré quedarme con el puesto de vicepresidente, eliminando al inútil que lo ocupaba y que reparaba mucho en escrúpulos por ser más moral que yo, y de hecho, me aproveché de ello para lograr que el Consejo lo señalara como traidor y camino a casa, cuando ya había concertado cita con el periodista de The New Yorker para sacar a la luz todos los trapos sucios de la compañía, se consiguió involucrarlo en un mortal accidente de tránsito que lo mandó al más allá.
Mi festín se hizo más evidente cuando dejé al consorcio en banca rota y acepté el puesto de Consejero del primer ministro, un hombre bueno de nobles intenciones con un consejo de ministros, 12 de ellos muy diversos entre sí y yo, la muletilla de la maldad. Pero, como uno de ellos renunció al fallecer su esposa en muy extrañas circunstancias, yo ocuparía su puesto 12, y me convertiría en uno de los llamados discípulos de Joshua Ben Theon, el judío bonachón que ocupaba el máximo puesto como primer ministro.
Lo mejor del caso es que el Consejo me nombraría tesorero esa tarde y sería el encargado de llevar no sólo las cuentas normales del país, si no más aún los fondos de apoyo a los necesitados.
Teníamos mujeres de la alta aristocracia que veían con buenos ojos el desempeño del primer ministro y donaban fondos para las diversas asociaciones de ayuda que él presidía y mediante lo cual favorecía a los más desprotegidos dela sociedad, con los cuales le encantaba convivir.
Así que me di un baño caliente, instruí a mi sirvienta para prepararme mi cotidiano desayuno con jugo de naranja, café y pan tostado con mantequilla neozelandesa y composta de duraznos que prevalecía por lo general en mi primera vianda del día.
Mi sirvienta, Antonela, una italiana de buena pinta, gustaba de coquetearme segura de atraparme algún día y cosechar mi dinero, pero lo que ella ignoraba era que yo lo sabía y le daba alas, con tal de que ella me ofreciera sus dones de belleza en ese escultural cuerpo y esos ojazos verdes que seducían con solo verte.
Yo era utilitarista, eso lo sé.
A propósito, no me he presentado.
Jude K. Rioth
Millonario, excéntrico, y lleno de toda suerte de maquinaciones.
La tarde fue exquisita y me discurso muy apasionado, aunque calculadamente intrigante, con el fin de poner a todos contra todos, y hasta Simón, el que antes fuera guerrillero, quiso marcharse cuando hice una breve alusión indirecta, pero logré recomponer la senda de mi discurso y se vio obligado a quedarse.
Peter Fish, el líder de los consejeros del primer ministro me estudiaba con desmedido interés como buscando en mí, algo que delata mis maldades, pero no lograba acertar en qué, porque yo era muy hábil para hacer cuentas infladas y llenarme los bolsillos.
En las primeras semanas de la nueva administración, Joshua convenció a mucha gente y ayudó a otro tanto a mejorar sus condiciones sociales e incluso, muchos dijeron que él obraba milagros por la felicidad que su sola presencia lograba, y como las tristezas más subyugantes eran curadas con el buen humor del primer ministro.
En las elecciones intermedias, el partido de Joshua escaló nuevos peldaños por su buen desempeño, y hasta los más conservadores, que la prensa calificaba como farisaicos, reconocían la autoridad moral de Joshúa.
Incluso, cuando Mary Di Lázaro, en una cena cayó de rodillas pidiéndole perdón a Joshúa por no haber sido una fiel seguidora de sus principios y caer en malas prácticas, fue famosa la frase de Joshúa que la prensa replicó muchas veces, al decir que la bondad y el verdadero arrepentimiento de Mary Di Lázaro era encomiable y el regalo del perfume de alabastro que ella guardaba celosamente desde la muerte de su madre y que ella obsequiara a Joshúa como muestra de su aprecio, sólo manifestaban un cambio verdadero en ella, a lo cual también yo quise dejarla en ridículo diciendo que mejor vendiera ese costoso perfume en lugar de incluirlo en la colección de regalos al primer ministro, para obtener beneficios para los marginados.
Lo cierto es que poco me importaban los marginados, más bien quería que se diera dinero en efectivo y no en especie para poder manejarlo a mi antojo.
Joshúa siempre encontraba palabras de simpatía para animar a quienes le visitaban, y eso era un fastidio para mí.
Sinceramente, me desagradaba su innata bondad.
Dejaba que él mordiera el polvo, pero no sabía como entrar a su mente.
Joshúa tenía un primo, Johannes Baptist, un conferencista muy respetado por vivir una vida piadosa y ayudar a los dolidos de espíritu. Johannes gustaba de dar consejos y su consultorio era visitado por personas de renombre, y muchos de ellos cambiaron para bien por los sabios consejos de este hombre excepcional.
Incluso, aunque tenía enemigos entre los potentados porque era insobornable y había sacado a la luz tortuosas intrigas, muchos le veían como un enviado del bien para hacer ver a los hombres sus errores.
Por supuesto que yo tenía amigos.
El principal de ellos y mi más hábil consejero, Querubino Luz Bella, un florentino de largos mostachos y aspecto siniestro, era muy famoso entre los círculos de la mafia, por organizar verdaderos aquelarres donde invitaba a las brujas vestales de la ciudad, varias de ellas metidas en las modas como diseñadoras de atrevidos vestidos muy vaporosos y algunas, regenteadoras de casas de mala muerte, pero que, reunidas como Querubino, sacaban a flote su verdadera naturaleza y las orgías celebradas los viernes por la noche, eran comentadas hasta en los grupos más conservadores.
Querubino habíame iniciado en el arte de las conversaciones aduladoras con las mujeres a las cuales seducía con suma facilidad, lo cual le ganó el mote de el Nuevo Don Juan, y le granjeó la amistad de las mafias más famosas, de las cuales, se decía en secreto, era el Padrino principal.
El séquito de seguidores de Querubino aumentaba cada día y pocos le veían en toda la extensión de su poderío.
Solamente un grupo de personas, miembros de una sociedad de hermanos dedicados al estudio del bien, reprobaba el estilo de vida de Querubino, y, por supuesto, me consideraba una mala influencia.

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