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Los sapos y los ratones
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 Article publié le 24 juillet 2016.

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Hoy es una semana sin jueves. Me ando por Galicia, y paseo con mi perro Piedro por entre pequeños túmulos o mámoas donde hacen su vida los sapos y los ratones. Me gusta llevarle a mear y a hacer caquitas por donde corren las aguas de los turbiones y avenidas. Ahora, le ves ladrando a un ramero, halcón pequeño que salta de rama en rama.
 En la quebrada de un monte, me encuentro con una rameruela, meretriz. Un pelillo ligero asoma de su pantaloncito, como una ramilla que sale inmediatamente del ramo. Ella huele a hierbas y flores. Su copa invertida atrae mi confite, que ahora, en este instante es una flor, capullo de mano, que se pone en los altares carnales.
 Su planta herbácea textil exótica naturalizada se vino a mi pájar, apócope de pájaro, quien, cual capitán de artillería, se distinguió en esta guerra amorosa por nuestra Geografía en apretón de abrazos y tetas en dependencia y relación de uno con otra. Éramos el ramojo que cortan los pastores para apacentar los ganados en tiempo de eyaculaciones.
 Piedro, mi perro, se fue a levantar la pata en el tronco de los árboles, ramoneando las hojas y las puntas de las ramas. A mi rameruela rampante, con los pies descansando en el suelo, el cuerpo levantado y las manos en actitud de agarrarme el pene, le hizo gracia, pues yo, ahora, le mordisqueaba suavemente los pezones. Tuve un calambre y me desasí de ella.
 Nos sentamos sobre escobajos de racimos de uva, que eran cagarrutas de oveja. Cogí el tronco de una ramita con uno de sus extremos retorcido y me puse a reconocer el fogón de su cañón amplio. Ella me dio una patada como pudo con un calzado tosco de suela gruesa y ancha, dejándome una marca como de herradura en el muslo. Sin darme cuenta, yo le clave a ella una astilla en la carne.
 De entre unas flores salieron sapos y ratones. Los ratones, que parecían sacerdotes de Marte en la antigua Roma, llevaban en su boca como un rascador para desgranar el maíz. Los sapos, que parecían precipitados salineros, se rascaban unos a otros. "Tienes que lamer", le dije a mirameruela, y ella me propinó un pescozón, Comenzamos a hablar :
Ella : Compañero, amigo mío, no bebas agua de mi noria que te pondrás amarillo, y morirás harto de chumino.
Yo : Las palabras amorosas son la cuenta de un follar : en echando el primer polvo salen todos los demás.
Ella : El amor que se va, vuelve ; no nos debemos a ningún cabrito. Las cabras tiran al monte, pero vuelven al mismo sitio.
Yo : No te fíes de las mujeres aunque las veas beber, que entre trago y trago van diciendo : ¡Cómo te voy a joder¡
Ella : Hombre que tan sapo eres, entre mujeres revuelto, que en tu palo caiga un rayo, y te deje turulato.
Yo : Tú, ratona, morenita y fea, úntate el culo con sebo y te querrán mucho más que ayer los sapos.

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