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Castigo divino
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 Article publié le 1er octobre 2015.

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Una chica y un chico se besuquean abrazados en las gradas de piedra que dan al río Arlanzón frente al falso Museo de la Evolución Humana, en Burgos. Tienen quince años y ya fornican.
 Porque les conozco, les saludo.
 Les pregunto cuando veo a la chica sacar su lengua hecha un trapo de la boca de él :

- ¿Qué hacéis por aquí ?
 Ella me dice :

- El día de mi santo, Juan me regaló un perro. Mira, ese de gran valor. El más gracioso.
 Ríe y sigue :

- Le hemos traído aquí para que festee con otros perros y perras.

- Sí que es majo, le respondo.
 Se hace un silencio, y le pregunto a Juan :

- Cómo es que le regalaste un perro tú, que odias ver cómo mujeres, hombres y viceversa, por lo general jubilados sacan los perros de sus nietos o hijos tres veces al día, contemplando cómo hacen cacas, recogiéndolas con una bolsita negra o blanca ?

- Porque me dijeron que con un perro mucho se liga, me responde. Pero ahora sé, por experiencia, que esto es un castigo divino, pues ella me dijo : "Si no perro, no sexo".
 Calla y sigue :

- Además de sacarles tres veces al día, casi todas las tardes, venimos a este "rincón de la perrería", rincón que como ves se encuentra justo al lado del "Puente del Atapuercano en pelotas".
 Calló, otra vez, tragó saliva y siguió :

- Si no le saco y vengo, tengo que dar por perdidos los polvos con mi Adela.
 Al instante, silbó al perro. El perro "Carreño" vino hacia él. Le atrajo y le ató la cinta al eslabón del collar. Dijo :

- No sé, no sé. Ahora tiene frío. El rabo no se le levanta.

- ¿Cuál de los dos ? Le pregunto con ironía yo.

- Mira, me dice, señalando al cuello de Carreño. Le he puesto un nuevo collar en la garganta que dicen está bendecido por san Antón, y sirve para espantar las garrapatas.
 Hace una pausa, y sigue :

- Ahora vas a contemplar otro castigo más. Hay que verlo por obligación : ¡mi chica le meterá una horquilla en el ano para quitarle las lombrices¡
 Al coger ella el perro, otros perros envidiosos se acercaron a ella husmeando su chumino.
 Yo le dije a Adela :

- ¿Pero cómo vas a sacarle las lombrices aquí delante de toda la perrería ?

- ¿Qué pasa, amigo Zabulón ? ¿Te da asco, acaso ?

- Sí, un gran asco, le respondí. Pero, hazlo, así me entero, pues esto nos hacía nuestra madre de pequeños, poniendo azúcar en nuestro ojete para después coger las lombrices aparecidas con la horquilla.
 La cabeza de la horquilla de Adela cogía gran cantidad de aforras, como si fuera un muestreo de la poesía tradicional castellana en el centro de cultura de Punta Brava.

- Mira, cariño, le dijo a Juan. Mira por qué tenía sensación de pesadez en el epigastrio. Era por culpa de la colecistitis crónica y diarreas, que es la causante de sus dolores.
 Yo vi que en sedimento urinario descansaban las pelotas del perro. El pene perruno presentaba placas arenosas por restregarse contra la arena de la orilla del río.
 Los parásitos de larvas, lombrices, eran en número grande.A mí me parecían tristes Isidatídicos del intestino del perro.
 Cansado de ver y contemplar esto, le dije a Juan :

- Vente, deja a la perra, ay ¡disculpa, dije mirándole a ella, al perro.

- Ya sabes, me contestó Juan, cómo me gustaría meter bajo tierra en Fuentes Blancas al perro. Pero ahí tienes a Adela que me tiene a mí bajo sus bragas.
 De repente, de una caja que compró en los chinos, parecida a esa en que llevan los ancianos su dentadura, o a esa en la que aparece, cuando la abres, un esqueleto con una pilila erecta, aunque más grande, sacó un revólver, pegándose un tiro, que le mató.
 Cayó desplomado. El revólver se soltó de su mano y, al mismo tiempo, una nota que había escondido entre los dedos.
 El revólver no le tocamos ninguno de los dos. Yo leía la nota. La nota decía.
"Este perro y Juana son la causa de mi muerte.
Cuando me entierren, no dejéis pasar al perro desde la puerta
Y menos que bese la cara de l a muerte eterna".
 Adela se arrodilló, cogió a su chico, se abrazó a él y lloró.
 De repente, vi a la gente que venía en marabunta. Aproveché el momento para escapar de allí. No quería rollos. Pero sí me dio tiempo de escribir en el tronco de un árbol, justo a la espalda del atapuercano exhibicionista, una cancioncilla que aún puede leer el que tenga ojos para leer. Esta :

"Junto al río Arlanzón
Frente al falso Museo de la Evolución
Donde el rey Cupido se folló una lombriz de tierra
Se suicidó Juan por no querer ver a su perro cagar
Y, menos, sus lombrices tener que limpiar
Por ordeno y mando de su chica".

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